Beto O´Rourke, el último baile del fenómeno demócrata de Texas

El acordeón y los sombreros ‘Stetson’ de una banda norteña reciben al candidato en una sala de fiestas de Harlingen, en el sur de Texas, en la inmediación de la frontera con México. Faltan pocos días para las elecciones del próximo martes , en las que Joe Biden y los demócratas se juegan sus mayorías exiguas en el Congreso de EE.UU., pero que también ponen en liza cargos de importancia máxima. Como el de gobernador de Texas, un país en sí mismo, que sería la novena economía mundial. El candidato demócrata es Robert Francis O’Rourke. Viene hasta este rincón de EE.UU., entre campos de cultivo, autopistas en construcción y exceso de restaurantes de comida rápida, a volver a intentarlo. No hay nada más americano que ello, aunque O’Rourke, de ascendencia pura irlandesa, usa y abusa un mote españolizado –Beto– para parecerlo menos. Noticia Relacionada reportaje Si ‘Gerrymandering’: el truco de los políticos para elegir a sus votantes en EE.UU. Javier Ansorena La democracia de EE.UU. sobrevive pese a grietas como la financiación privada ilimitada de campañas o el creciente rechazo ‘trumpista’ a los resultados. El diseño de los distritos con interés partidista es otro problema tan viejo como el país Porque Beto vuelve a ser candidato este año en el tipo de gesta en las que se crece: las casi imposibles. Se convirtió en la sensación de las elecciones de 2018, cuando era un modesto diputado por el distrito de El Paso, otra ciudad fronteriza texana: estuvo a punto de robar el escaño en el Senado al todopoderoso republicano Ted Cruz . Concurrió sin apenas maquinaria electoral, con un ejército de voluntarios, uso intensivo de redes sociales y mucha carretera. Esa derrota épica le envalentonó y se presentó a las primarias demócratas para la presidencia en 2020. Fue un descalabro. Ahora ha vuelto a por un cargo más modesto, pero también muy complicado. Se enfrenta al republicano Greg Abbot t, que ha ganado las dos últimas elecciones. Texas es territorio republicano: no ha ganado un demócrata en una elección a nivel estatal desde hace casi treinta años. Como el resto de candidatos demócratas en el país, a Beto también le lastran la inflación, la presión migratoria y la impopularidad de Biden. Pero tiene una dificultad añadida: en los pocos bastiones demócratas del estado, como esta región, el voto hispano se escapa hacia los republicanos. Las particularidades del voto fronterizo «La verdad es que me preocupa», reconoce Paula Furlán, una vecina que ha venido al mitin, sobre la marcha de las encuestas, que dan a Abbott una ventaja cómoda. Beto se aferra a su relato optimista. «Nos dais tanta esperanza», dice a los asistentes al mitin. «Hay todas las razones para sentirse desanimado ahora mismo: lo que dicen las encuestas, los analistas… Pero aquí estáis vosotros, sin caer en el desánimo». Beto lleva su uniforme de campaña. La camisa azul remangada, la gorra de béisbol, los vaqueros. No habla desde un estrado, sino desde el centro de la sala. Se mueve desde el centro como un agitador, un líder comunal. Es su baile electoral: una mano en el micrófono, la otra al aire, en movimiento casi de rapero. La voz ronca, la vena hinchada. Alaba a los voluntarios que «sudan hasta los zapatos» tocando puertas en busca de votantes. Habla contra «los poderosos», que solo aparecen por esta región «para utilizarla como atrezo para meter miedo sobre la frontera». No se olvida del aborto o la inmigración, pero pone énfasis en prioridades que unen a más texanos, como la caída del sistema eléctrico en pleno invierno del año pasado. «Mis amigos republicanos dicen que Abbott es bueno para la economía. ¡Ese cabrón no puede ni mantener las luces encendidas!», grita, ante el júbilo del respetable. «Me gusta Beto porque no parece un político», dice Rick Santillán, que ha venido con dos amigos al mitin. Para parecerlo, debe empezar por ganar alguna elección. ‘The Atlantic’ le acaba de bautizar como «perdedor ‘superstar’».

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Author: Pablo Perez