Brujerías

La primera bruja de “verdad” con la que me encontré en mi vida era una señora simpatiquísima a la que recuerdo con mucho cariño. Por cuestiones del azar fuimos vecinos y me regalaba botellas de agua bendita para que limpiara de espantos los rincones de mi casa. Una residencia tan chiquita que a mí me bastaba con dos vasos para dejarla limpia, bendecida y reluciente. Cada tarde me contaba historias alucinantes que me juraba, con el índice y el pulgar en cruz sobre la boca, haber vivido o presenciado. La mayoría eran versiones, muy personales, de los cuentos de aparecidos, pero había otras de un realismo social escabroso, más bien deudoras de los truculentos melodramas mexicanos. Los fantasmas que acechan desde siglos la ciudad habían encontrado en ella a su mejor cronista, una narradora envidiable, con un sentido del humor a ratos macabro, a ratos delicioso. Nunca le conocí pareja, pero me contó que había sido amante de un cura que conoció en su pueblo, un hombre que con su bondad la había marcado para siempre y, además, la había obligado a guardar cierta ética en el oficio: “Nada de enterramientos, nada de venenos ni menjurjes, nada para matar ni para joder a la pobre gente”. Tampoco fumaba el puro porque le irritaba la garganta, prefería los cigarrillos mentolados, de los que disfrutaba dos paquetes diarios. 

Lo de bruja le venía porque desde chiquita tenía el don de comunicarse con los muertos. Los empezó a ver por todos lados y, a veces, a reconocerlos. Una vez se encontró con una especie de cacique, al que habían matado en una balacera de borrachos una semana antes. Le encomendó que fuera a donde su mujer y le hablara de un dinero que él había dejado enterrado en el patio. De ahí le vino la fama y una plata que la ayudó a emigrar a la ciudad, en donde conoció a los espiritistas. La ayudaron mucho para entrar en el negocio, porque no solo tenía el “fluido”, sino que era joven, bonita, presentable. Luego, trabajó en un salón de belleza en donde le leía el café, el cigarro, la mano, las cartas a las señoras que llegaban a cortarse el pelo o a hacerse las uñas. “Lo de hablar con los muertos es bonito, pero una si quiere sobrevivir, tiene que modernizarse, y ahí con las barajas la voy pasando”. 

Cuando yo la conocí estaba muy lejos de parecerse a las vampiresas de mi infancia –de Theda Bara a Lorena Velásquez y otras divas del terror de las matinales del domingo– y más bien se asemejaba a mi tía la soltera regresando del mercado, salvo por la chenca eternamente pegada a los labios. Digamos que no tenía glamur, pero lo compensaba con gracia. Ya para ese entonces, su oficio se había convertido, “por necesidad”, en una rara mezcla entre adivina, médium, hechicera, curandera, consejera sentimental y vendedora de perfumes, candelas e inciensos. A mí me leía las cartas, por “puritito placer y no por pisto”, me decía. Lo de siempre: Una mujer morena y otra rubia. Una me convenía, por formal y mesurada, la otra no porque le gustaba “andar de brujerías y eso no es serio”. Una vez dio en el clavo y nada que ver con cuestiones de amor o encantamientos. Me salvó de la tormenta y yo se lo agradezco. Mucho.


En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico de Guatemala o la de su línea editorial.

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez