Actualmente circula por el mundo un contagioso meme, según el cual “estamos viviendo el fin de la democracia”, lo que se ha traducido en un variado grupo de estudios académicos, ensayos y libros populares. En 1976, Richard Dawkins publicó su libro El gen egoísta, en el que analizaba las bases biológicas de nuestras conductas. Asimismo, Dawkins creó el neologismo meme para referirse a un tipo de replicador cultural análogo al gen, que sería capaz de contagiar a múltiples personas y evolucionar en el tiempo. Hoy el meme del fin de la democracia parece ser una pandemia política. En el 2018 Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron su libro Cómo mueren las democracias, un estudio de política comparada, calificado por diferentes expertos de muy importante seguido de los libros de Timothy Snyder, Anne Applebaum o Yascha Mounk.
En su ensayo El 18 brumario de Luis Napoleón, Carlos Marx señalaba que, si bien los hombres hacen su propia historia, no la hacen como quieren, sino según las circunstancias existentes, que resultan del pasado; pero Marx prosigue afirmando que, para que realmente se logren los cambios deseados, “se deberá cimentar su poesía no en el pasado, sino en el futuro”. Así, habría que imaginar hoy cuál es el futuro político en el que deseamos vivir.
Casi todos los seres humanos queremos vivir libremente, para lograr nuestro auténtico pleno desarrollo y el mayor florecimiento posible. La libertad sería un requisito indispensable de cualquier nuevo sistema político que deseemos y seamos capaces de construir. Una libertad entendida no únicamente como ausencia de coacción o de coerción. Sería una libertad producto de las nuevas tecnologías que nos liberen gradualmente de nuestra dependencia de la naturaleza, de los otros y de sus particulares visiones del mundo.
Por ejemplo, para el filósofo judío-portugués nacido en Ámsterdam, Baruj Spinoza, la propia idea de una democracia constitucional comienza con el reconocimiento de que el gobierno existe para proteger la libertad interior de sus ciudadanos de ser diferentes unos de otros, y de tener, si así lo desean, nociones opuestas de la verdad. Pero ¿cómo conciliar esas diferencias y mantener aún así una comunidad política? El cardenal Newman insistía en que la verdad requiere ser modesto respecto de uno mismo y respetuoso de todos los demás. ¿Estaremos entonces condenados a un pluralismo dispuesto a igualar lo superficial con lo profundo, la estupidez con la sabiduría, la crueldad con la bondad, con el solo fin de eliminar la tiranía del pensamiento único?
El antídoto contra el moderno escepticismo equívoco no es lo unívoco, sino más bien la imaginación analógica; es decir, la capacidad de poder aceptar y soportar lo semejante y lo diferente en el acto mismo de imaginar. La actitud del individuo “liberal”, respetuoso, tolerante y generoso con los otros es la base sobre la que se puede comenzar a construir el andamiaje político liberal de este siglo. El nombre de tal comunidad política será lo de menos.
Tanto los “padres fundadores” de la democracia estadounidense como Carlos Marx coinciden en la necesidad de imaginar el futuro deseado, diseñar las instituciones y trabajar para edificar la comunidad política: una comunidad adecuada a las circunstancias concretas, actuales y previsibles, que permitan a cada uno de nosotros alcanzar el mayor desarrollo y bienestar, como miembros de la sociedad humana. El trabajo sin duda no será fácil, pero la alternativa sería inimaginable.
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