Las teorías de mundos paralelos han tomado fuerza a raíz del avance de la física. Esta idea se ha difundido a nivel de hipótesis científica. Su alta popularidad está ligada a la ciencia ficción y a los cómics. Muchos han sido los escritores que se han visto atraídos por los viajes a través de diversos mundos, sin moverse de su casa. Usted se encuentra con su esposa que ya no es su esposa, ahora es una bomba sexi que le resulta inalcanzable, novia de su peor enemigo; el cual se ha vuelto presidente de EEUU, por ejemplo. Uno de sus hijos (el más machazo, el mecánico cavernícola de la casa) ahora se maneja con los vientos de inclinación de género actuales, y es peinado por la brisa de la indefinición feliz y nada traumática de aceptarse a “sí misme” tal cual es. Su perro Bruno, en lugar de moverle la cola cuando llega y abalanzarse sobre usted cual “Dino” el de “Los Picapiedras”, le gruñe como aquel otro y bastante macabro de “Cementerio maldito”. Yo me pregunto, y de verdad lo digo de buena fe, por qué en esos mundos paralelos pintados por aquellos que los visualizan, nunca ocurre que la vida sea mejor, que ahora su esposa lo ame más a usted, o que su hijo se gane la lotería y le preste para un pasaje de avión, que usted ya no sea “goldito” y sin hacer ejercicios, por una extraña y sobrevenida milagrosa condición, ahora posea un cuerpo, una salud y una inteligencia irremediablemente buenas, que Trump nunca hubiera alentado a asaltar el Capitolio en EEUU o que Venezuela fuera uno de los países más prósperos del planeta, con un Nicolás Maduro jubilado como conductor de los autobuses del Metro de Caracas.