La justicia en la historia del pensamiento ha sido usada en dos acepciones de diferente alcance y extensión. Se ha usado y se usa para designar el criterio ideal del Derecho como idea básica sobre el cual debe inspirarse, y como el compendio de toda virtud que establece para cada cosa su propio grado de dignidad subordinando el alma a Dios, lo cual es la propia justicia celestial que paga el mal con el bien, o sea el puro amor cristiano, según la sabia opinión de San Agustín. Para los filósofos como Platón, la justicia era la virtud fundamental de la cual se derivan las demás virtudes, por constituir el principio armónico ordenador de las mismas, aplicando el principio de armonía al Estado y al derecho. Sin embargo, fue Aristóteles quien elaboró la teoría de la justicia en sentido estricto como pauta para el Derecho, usándola también como la expresión de la virtud total o perfecta, la cual consiste en una medida de proporcionalidad de los actos. El medio equidistante entre el exceso y el defecto. En resumen, se puede afirmar que la misma palabra ha sido empleada designando dos ideas diferentes, aunque ambas pertenezcan al reino de la ética. Ahora interesa hacer acotaciones sobre la politización de la justicia y no la justicia en sentido jurídico-político que es diferente. En ese aspecto, es útil recordar que la justicia como valor superior permite vivir en libertad con dignidad, provocando su ausencia convulsiones sociales indeseables.
El itinerario de la Justicia es cuestionado por la tenue independencia de poderes y su aplicación pronta y cumplida, lesionando la dignidad y libertad de las personas. A esa crisis intrínseca y secular se suma una externalidad desestabilizadora: su politización. La justicia no es solo actualizar leyes y aplicarlas a la realidad. También implica que la judicatura la ejerzan profesionales esclarecidos, capaces y probos ajenos a sectarismos en una de las misiones más importantes del ser humano, en el campo ético y moral: impartir justicia. Preservarla es de interés social, evitando la degradación social con la claridad racional de Kant por ser la libertad y la justicia inseparables. Al confiscarlas, los políticos sacrifican la democracia, condenando a los pueblos al caos y ser esclavos de los vaivenes globales de intereses geopolíticos por los recursos escasos para el desarrollo tecnológico —10G— sin asimilarlo. El divorcio con el pasado es abismal, por no conocer la relación entre historia y la justicia, pensando que la tecnología la sustituirá y no es vital preservarla ni mantener la cohesión social, desafiando al futuro con un estilo de vivir y convivir frívolo, ignorando la naturaleza de la tragedia diciendo amén.
La decadencia se agudiza en Occidente, renaciendo el fascismo y el peligro de volver a caer en un pasado oprobioso para la humanidad, dirigiendo o aspirando a dirigir potencias nucleares líderes integristas con obsesiones propias del Isis que critican y combaten, dándole de beber a los incautos en nombre de la ley y la justicia, un cocktail político-religioso fundamentalista que les envenena el alma y los polariza en forma demencial, reviviendo tragedias pasadas. En EE. UU., cuesta creer que sucedan semejantes estragos, agudizados por luchas políticas, religiosas y étnicas, en una pieza que parece teatral, dirigida por Trump, guardando su ambición desmedida una rigurosa incoherencia con la razón, los principios y los valores cardinales y sociales. Otro caso trágico es Putin, masacrando con sevicia en Ucrania niños, mujeres y ancianos indefensos que no son objetivos militares, exterminio que es un genocidio puro y duro. Los dos tienen en común irrespetar la ley, un concepto torcido de la justicia, su narcisismo épico y darse aires de emperadores con abundante viruta en la cabeza y la ideología evaporada. Igual que el rey Creso, Trump fue por lana y salió trasquilado. Cruzó el río y destruyó al Partido Republicano asustando a los electores y sacando a Biden del hoyo, el tropezón puede costarle el trono el 2024. Joya. Aquí ya tenemos los resultados, solo faltan las elecciones…
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