«Unas cuarenta mil personas, presuntamente estafadas en El Molinón por veintiséis súbditos alemanes y austriacos». Así tituló ‘El Comercio’ la crónica de un partido de fútbol del Mundial que organizó España en 1982 . Y el diario gijonés la publicó en las páginas de sucesos, junto a las noticias de un robo de joyas en una vivienda y el atraco en una ferretería de la ciudad. Ocurrió el 25 de junio en Gijón. Alemania Federal ganó 1-0 a Austria y ambas selecciones se clasificaron para la siguiente fase del campeonato. Todo normal, un episodio más de cualquier Copa del mundo si no hubiese sido por las circunstancias y, sobre todo, por el bochornoso desarrollo del encuentro. Alemania Federal, Argelia, Chile y Austria conformaban el Grupo 2 de España 82 cuyas sedes eran Oviedo y Gijón . A la primera de cambio, el 16 de junio, los germanos sufrieron un inesperado batacazo. La entonces bicampeona mundial perdió (1-2) ante los argelinos, equipo que nunca había estado presente en el más importante torneo de selecciones. El tanto del mítico Rummenigge fue insuficiente ante los goles de Madjer y Belloumi , los dos jugadores africanos más destacados. Fue «la más grande sorpresa del Mundial» . Noticias Relacionadas estandar Si Episodios Mundiales Un emigrante asturiano, primer y único árbitro de Estados Unidos en 40 años Ángel Luis Menéndez estandar Si qatar 2022 Mucho cuidado con la ceremonia inaugural del Mundial Ángel Luis Menéndez El grupo se enredó como pocas veces pasa debido a los resultados de los sucesivos partidos: Chile-Austria (0-1), Alemania Federal-Chile (4-1), Argelia-Austria (0-2) y Argelia-Chile (3-2). Es decir, Austria y Argelia sumaban cuatro puntos (todavía se contabilizaban dos puntos por victoria), por dos de Alemania Federal y cero de Chile. Los austriacos eran líderes por la diferencia general de goles (+3) con los argelinos (0). Diferencia de goles Únicamente faltaba un encuentro, Alemania Federal-Austria, para decidir qué dos países se clasificaban para la siguiente fase. Un empate o un triunfo de Austria confirmaban a esta selección como campeona de grupo, con Argelia como segunda. Si ganaba Alemania se producía un triple empate a cuatro puntos que, según las normas del torneo, se decidía según la diferencia de goles. Si los teutones vencían por tres o más tantos, pasaban ellos (como primeros) y los argelinos. En cambio, si ganaban por uno o dos goles, quien les acompañaba era Austria. Las sospechas sobre un posible amaño entre los dos países germánicos no se hicieron esperar. El propio seleccionador de Argelia, Mahieddine Khalef , dejó un recado 24 horas antes del choque decisivo, en la rueda de prensa posterior a su victoria frente a Chile. «Espero que Alemania y Austria tomen ejemplo de nuestro partido y mañana jueguen al máximo». Vana esperanza la suya. Los alemanes ganaron 1-0 y los africanos, eliminados, tuvieron que abandonar el Mundial. Lo que contemplaron los casi 41.000 espectadores que llenaron el estadio de El Molinón y los cientos de miles que vieron el partido por televisión ha quedado para siempre en las hemerotecas. En ellas duermen las innumerables crónicas cuya tinta todavía suda bochorno cada vez que son leídas. «Vergonzoso vals austro-germano», tituló ABC . Y la entradilla lo resume casi todo: «Alemania y Austria se clasificaron para la segunda fase, después de un escandaloso partido, en el que poco faltó para que la justa indignación de los aficionados protagonizara un serio problema de orden público, porque lo visto ayer en El Molinón pasará a la historia de este deporte precisamente por su antideportividad. Ver durante más de una hora a veintidós profesionales del fútbol intentando ganar a desaciertos es para sonrojar a cualquiera». «Es increíble, pero quitando la primera media hora, en la que parecía que el encuentro se jugaba en serio, en el resto del tiempo el fútbol no existió y ambos equipos se limitaron a dejar pasar los minutos y a competir en desatinos. El partido de ayer no tuvo historia, ya que tras marcar a los once minutos la selección alemana, los dos equipos se conformaron con et resultado, que clasificaba a ambos, y se limitaron a dejar pasar el tiempo. En los últimos cuarenta y cinco minutos ninguno de los dos tiró una sola vez a puerta, temiendo, quizá, marcar un gol». La gorra de Schumacher Tras el gol de Hrubesch , su compañero Schumacher se puso una gorra blanca. Algunos interpretan este gesto del portero alemán como una señal para ejecutar el pacto de «no agresión» a partir de ese momento. De ahí, por ejemplo, la contundencia de la portada de ‘Marca’: «Alemania y Austria, dos golfos». En páginas interiores también se puede leer que «conseguido el gol de Alemania, comenzó una comedia infame» o calificativos como «atraco a mano armada». «Yo quería jugar, pedía el balón para marcar gol, pero los demás me abroncaban» Walter Schachner Jugador de Austria en 1982 La crónica de ‘La Vanguardia’ abunda en lo mismo: «El espectáculo podría haberse salvado si a los alemanes les hubiese costado mucho conseguir ese gol No fue así. Lo marcaron cuando sólo llevábamos diez minutos de partido. Y ahí se terminó todo. Diez minutos de partido y ochenta -qué largos pueden ser ochenta minutos- de conformismo tan exagerado que el público, que en su ingenuidad había llenado el campo pensando que iba a ver un gran partido entre los dos, en teoría, mejores equipos del grupo, acabó estallando de indignación por el ‘regalo’ que unos y otros le estaban haciendo en su despedida mundialista de Asturias ». En efecto, el descaro de los futbolistas fue tan evidente que algunos espectadores a duras penas controlaron su ira. ‘El Mundo Deportivo’ tituló «Escándalo a la alemana» y el apartado de incidencias es el más amplio de la ficha técnica del partido: «los espectadores en un principio animaron a los dos equipos, ya que se las prometían muy felices dada la trascendencia del choque. Ante la inoperancia de los dos conjuntos en la segunda parte los espectadores lanzaron repetidos gritos de ‘¡fuera, fuera!’, ‘¡que se besen!’ y ‘¡tongo!’. Cuando corría el minuto 72, un grupo de indignados argelinos que veían cómo su equipo quedaba eliminado sin que pudiesen hacer nada por impedirlo intentaron saltar al campo por la parte donde se encontraba la meta austriaca. La policía impidió su intento. A 20 minutos del final empezaron a marcharse algunos espectadores indignados con el espectáculo». No acabaron ahí los incidentes. Según relató ‘El Comercio’, «la rabia de los aficionados, la mayoría españoles, que abarrotaron El Molinón no se hizo esperar y persiguieron a los germanos hasta el hotel. En el trayecto, varios seguidores lanzaron huevos contra el autocar. Alguno estuvo a punto de alcanzar a Breitner . Ya en el interior del hotel, el portero Schumacher, desafiante, tiró una bolsa de agua desde su habitación. Y Hrubesch, Breitner y Rummenigue se asomaron para encrespar aún más a los aficionados con provocaciones». Antes de eso, el comportamiento de los jugadores en ciertas fases del partido fue tan descarado que avergonzó incluso a varios aficionados alemanes y austriacos presentes en la grada. Incapaces de soportar tanta ignominia, dejaron de animar, recogieron sus banderas e incluso algunos llegaron increpar a los suyos pidiéndoles un ápice de pundonor. Lo mismo sucedió con algunos periodistas de emisoras de ambos países. Alucinados y sonrojados a partes iguales, interrumpieron la narración, incapaces de seguir contando semejante ignominia deportiva. «En la segunda parte los espectadores lanzaron repetidos gritos de ‘¡fuera’, ‘fuera!’, ‘¡que se besen!’ y ‘¡tongo!’» La Federación de Fútbol de Argelia pidió la descalificación de Alemania y Austria y emitió un duro comunicado: «Denunciamos con la mayor energía la parodia de partido que Austria y la RFA han disputado en Gijón. Este siniestro complot planeado en contra del equipo argelino y que se ha desarrollado bajo los ojos de los representantes de la FIFA y con la complacencia del árbitro es un atentado grave a los nobles principios de la ética deportiva y un insulto sin nombre al público español y asturiano que, con su protesta general, ha demostrado que es inteligente». Lo único que hizo la FIFA fue cambiar la incomprensible organización de la agenda en la fase inicial. A partir del siguiente Mundial, México 1986 , los últimos partidos de cada grupo se juegan el mismo día y a la misma hora con el fin de evitar posibles marcadores «convenientes» para dos selecciones que se enfrenten en esa cita definitiva. Briegel confiesa Una herida así jamás cicatriza. Y menos, cuando 25 años después de producirse, uno de sus protagonistas confiesa públicamente. «Tomamos la decisión entre todos, ellos y nosotros, de no estorbarnos demasiado», declaró Peter Briegel en 2007. «Sólo me puedo disculpar ante los argelinos. Merecieron clasificarse para la segunda fase», reconoció el que era lateral izquierdo germano en ‘La Vergüenza de Gijon’ (así denominan en Alemania a aquella farsa de partido) en el diario ‘Al Ittihad’ de Emiratos Árabes Unidos. Estas declaraciones no le sentaron bien a su insolente compañero Toni Schumacher. El guardameta, que el día de autos, finalizado el partido, se fue del campo haciendo un corte de mangas al público que les abucheaba, se mofó de Briegel: «No sé qué le puede haber pasado. Quizás tomó alguna copa de más». Y encima los alemanes echaron a España El tongo de Gijón perjudicó a la selección española. Ese mismo viernes 25 de junio España perdió en Valencia ante Irlanda del Norte (0-1) y finalizó en segunda posición del Grupo 5 después de empatar con Honduras (1-1) y ganar a Yugoslavia (2-1). En el Mundial de 1982 la segunda fase también se disputaba en formato de liguilla de grupos. A España le tocó enfrentarse a dos selecciones campeonas del mundo. Empató con Inglaterra (0-0), perdió con Alemania Federal (2-1) y la selección anfitriona cerró así un campeonato en el que su actuación tampoco hubiera desentonado en la sección de sucesos de cualquier periódico. Hubo un jugador que sí se comportó honradamente aquel 25 de junio de 1982 en El Molinón. Fue el austriaco Walter Schachner . «En el descanso hubo entre los jugadores el acuerdo de mantener el 1-0, pero yo fui el único que no me enteré», declaró al periódico muniqués ‘Süddeutsche Zeitung’. Por eso no entendió por qué su compañero Hans Krankl , goleador que había jugado en el Barcelona, se colocó en la línea defensiva y ejerció de líbero. «Yo quería jugar, pedía el balón para marcar gol, pero los demás me abroncaban. Briegel me decía: ‘¿Por qué corres tanto? ¡Párate!’», añade. De hecho, tras una de esas surrealistas discusiones con un defensa alemán que le echó en cara una internada peligrosa en el área, el árbitro escocés Robert Valentine le mostró la tarjeta amarilla. «Mis compañeros no me pasaban el balón, yo estaba desesperado. Y desde el banquillo también me hacían señas para que parara. Sólo claudiqué al final, cuando vi que todo era inútil y que, sí, el 1-0 nos valía».