Nos hemos convertido en un pueblo entristecido, apesadumbrado e infeliz. Por doquier, hay un cuadro depresivo: en los hogares, los empleos tan duramente sostenidos o el desempleado que no atisba una mínima solución a corto plazo, sin mencionar los medios públicos de transporte. Un amigo comentaba días atrás que los clubes recreacionales, incluso, los de larga tradición, se han visto afectados porque cuesta cumplir con las cuotas de mantenimiento y, además, no es fácil vender una acción en un mercado despedazado, excepto que se trate de enchufados que son capaces de pagar el doble o el triple del precio mientras más fama y prestigio tenga ese club. Pero eso constituye una excepción. Y todos sabemos cuán cara es la recreación en este país, porque solo van a los conciertos, los poliedrazos y los eventos afines aquellos que pueden pagar las entradas y, faltando poco, con todos sus llenos, pesan sobre estos espectáculos fuertes sospechas al contrastar con una Venezuela de una mayoritaria población que está pasando trabajo, con viviendas tan deterioradas que ya no son fáciles de reparar, carros viejos chupa dólares y una nevera vacía, que cuando sirve es difícil de arreglar por los costos del técnico que cobra por revisarla y, si acaso, después remendarla.