Las noticias que recorren los medios internacionales y los informes de las instituciones financieras internacionales señalan que los próximos doce a dieciocho meses serán desafiantes. Nos explican que el crecimiento económico será menor en 2023, que en 2022, y este fue menor al 2021. Al leerlo parece abrumador, pero al profundizar se puede comprobar que no esperan un crecimiento negativo en Estados Unidos, por ejemplo, sino solamente niveles de crecimiento de un uno por ciento anual. No lo deseado pero tampoco el apocalipsis. Menos que la crisis de 2008 o los efectos del COVID.
Latinoamérica será una de las regiones bastante afectadas por las proyecciones económicas, con un crecimiento de tan solo un uno coma siete por ciento, pero de nuevo, Guatemala podrá mantener según se estima un crecimiento ligeramente de tres coma cinco por ciento anual. Son nubes grises pero no vientos huracanados. La diferencia para nuestro país radica de nuevo, en el aporte de los migrantes por medio de sus remesas, el bajo nivel de deuda pública, la solidez de las reservas monetarias internacionales que permiten, por una parte, la estabilidad del tipo de cambio y, por la otra, una creciente demanda de bienes y servicios para consumo interno. Lo aconsejable en este entorno sería promover una mayor inversión en infraestructura en el país y tratar de impulsar agresivamente la atracción de inversiones destinadas al nearshoring hacia Estados Unidos. Esto, acompañado de una política social orientada a la salud y educación de los niños sería fundamental para vislumbrar un mejor futuro a mediano plazo.
El banco central deberá de evaluar nuevamente una revisión de la tasa líder en el país. Si Estados Unidos elevó la tasa setenta y cinco puntos básicos, lo correcto en el país sería hacer una subida menor, pero siguiendo la tendencia con 25 puntos básicos. Estas medidas reiteran el compromiso con la búsqueda de reducir a niveles históricos la inflación, pero también evidencian que nuestra economía está en mejor estado de salud que la de muchos de los países desarrollados y que no se requiere un freno abrupto de la actividad económica. Tampoco es un momento para pensar en grandes cambios en la política cambiaria que ha logrado un balance correcto entre proteger los ahorros nacionales, el salvaguardar la capacidad de consumo de las familias guatemaltecas, no restringir la evolución de las exportaciones y permitir una estabilidad del costo del dinero. No son tiempos fáciles, son tiempos de buscar eficiencias, de fortalecer la participación en los mercados regionales y en el mercado estadounidense, y tener una perspectiva clara de que el crecimiento es posible y debe ser una prioridad nacional, en un ambiente de sostenibilidad ambiental y fortalecimiento de la institucionalidad democrática. El populismo o el autoritarismo no son solución. Apostar por el esfuerzo inteligente, es una buena estrategia.
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