Descubrir un ejemplar de ‘Rosas negras’ de Porfirio Barba Jacob entre los tesoros que mi abuela guardaba en ese armario sempiterno que siempre mantuvo bajo llave, me provocó una extraña sensación que casi me puso al borde de las lágrimas. Estaba envuelto delicadamente en un pañuelito, muy escondido debajo de algún suéter o de una blusa coqueta y se miraba que había permanecido ahí por mucho tiempo. Era un ejemplar ajado y con las hojas amarillentas, el tipo de basura del que las familias se deshacen luego del fallecimiento de los seres queridos. Objetos absurdos que las gentes mayores acumulan en muebles viejos que huelen a flores marchitas y a naftalina. Mi abuela era una lectora compulsiva y errática de novelones decimonónicos, pero una mujer demasiado práctica, como para ponerse a leer poesía. Le gustaban las intrigas y las historias truculentas, pero era poco dada a la ensoñación, a no ser por las canciones de Agustín Lara. ¿Qué la hacía entonces guardar con tanto celo esa especie de manifiesto del desorden de los sentidos? ¿Qué última lección quería darme?
Los libros en su formato físico, me dicen, están a punto de la extinción. De aquí a cien años, es posible, que hallazgos como el que acabo de contarles hagan parte de la antropología. ¿Quién de nosotros dejará archivos pdf, envueltos en pañuelitos, en los negros armarios del ciberespacio?
Mi abuela me despertó la curiosidad por la lectura. No puedo decir exactamente que me haya inculcado el amor a los libros, pero sí que me los hizo cotidianos. Los ibas encontrando en los rincones más insospechados. Dentro de la canasta de las verduras, al lado de las tablas de cortar en la cocina, debajo de las camas, metidos dentro de las juruneras de gavetas y estantes. No eran, por supuesto, el ‘Ulises’ de Joyce, pero la mayoría tenían su gracia. Objetos repletos de letras que, al descifrarlas, te salvaban al menos del aburrimiento. Es una lástima que hayan inventado las telenovelas y que la televisión haya entrado a su cuarto. De todas maneras, llegó un momento en que la vista ya no le daba para leer tanto. Guardó hasta al final, sin embargo, el libro de Barba Jacob envuelto en un pañuelito.
Yo no tengo suficientes pañuelos como para hacer lo mismo con los libros que, siguiendo las enseñanzas de mi abuela, voy acumulando por todas partes. Pero mientras estos no se extingan, los sigo gozando y sigo celebrando sus fiestas. Porque esto que escribo venía más bien a cuento de la Filgua, la Feria Internacional del Libro que comienza el próximo jueves y nos regala un poco de oxígeno en medio de tanto ahogo y tanto descalabro. Me gusta pasarme por ahí y encontrar libros amontonados por todas partes. Me siento en territorio conocido. Me siento acompañado. Me da por pensar que este país podría ser diferente. Con libros en lugar de armas.
*La Filgua se celebra del 24 de noviembre al 4 de diciembre, en Fórum Majadas. El sábado 26, a las 15:00 horas, en la Sala Miguel Ángel Asturias, estaré presentando junto a Adolfo Méndez Vides y Francisco Pérez de Antón ‘El libro de las Efemérides’, una antología de los escritos de Federico Hernández de León, con selección y prólogo de Gustavo Berganza. Y, a las 19:00 horas, también en la Sala Miguel Ángel Asturias, conversaré con Oswaldo Salazar y Lucrecia Méndez de Penedo sobre ‘José Milla y las narraciones fundacionales de América Latina’. Quedan invitados.
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