Es difícil vislumbrar un cambio para Guatemala. Para ello, primero tendríamos que ponernos de acuerdo en al menos tres cosas: ¿qué hay que cambiar?, ¿por qué hay que cambiarlo? y ¿cómo lo cambiamos? En una sociedad altamente dividida e históricamente polarizada llegar a este consenso resulta imposible. Cada sector se cree dueño de la verdad y se apega a su versión de la historia; ninguno cede ni es capaz de reconocer sus errores. En medio de dos bandos, mal llamados de izquierda y de derecha, hay una mayoría de naturaleza moderada. Su moderación no solo se manifiesta de manera ideológica sino también en su indiferencia ante los temas de trascendencia nacional. Estos no se identifican con los extremos ideológicos heredados de la Guerra Fría y de nuestra guerra civil. De estos dos extremos, la moderada mayoría se identifica con más de alguna postura de ambos, pero en realidad no se sienten cómodos ni comulgan con ninguno al cien por ciento. Es por ello que los partidos políticos en Guatemala carecen de ideologías definidas y únicamente se enfocan en las personas que los lideran. Aquí se vota por el individuo, y, como la historia lo demuestra, el individuo negocia con la oposición según los intereses del momento. Es por ello por lo que en la era democrática del país lo que hemos tenido es una lotería política en la que, cada cuatro años, se elige al “menos peor”. En resumen, el sistema que hemos creado carece de ideologías bien definidas a las cuales adherirse; como resultado encontramos que todos los que participan en política hoy en día son muy similares, por lo que un cambio a partir de estos resulta imposible. Los políticos en Guatemala no son más que oportunistas del momento, que representan los intereses puntuales de sus patrocinadores. El cambio radica en otro lado.
Es esta moderada mayoría el “gigante dormido” capaz de cambiar el rumbo del país. Ya lo vivimos en el 2015 cuando siete de cada diez guatemaltecos apoyaban el trabajo de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) en su lucha en contra de la corrupción y la impunidad. Por un breve momento en la historia de nuestro país, se articuló un movimiento sin bandera en contra de la desmesurada corrupción e impunidad del Partido Patriota. Los extremos del espectro ideológico guardaron las espadas y se despertó a un sector de la población que se sumó a una agenda mínima, pero identificable por todos los sectores. Este parecía ser un movimiento imparable hasta que se volvieron a desenvainar las espadas ideológicas, polarizando no solo la inercia del movimiento sino la misma lucha en contra de la corrupción y la impunidad. Los extremos una vez más se apoderaron de la agenda y el gigante volvió a su hibernación.
Lo que nos espera en las próximas elecciones es más de lo mismo. Los “individuos” de la política nacional ya tienen la ruta trazada —negociando con el estilo ambidiestro que les ha caracterizado— los próximos cuatro años. Con el aval de sectores influyentes, tanto de las supuestas “izquierdas” como de las “derechas” —para quienes el resguardo de sus intereses está garantizado—, nuestro futuro ya está definido. Si no logramos despertar al gigante dormido tras la articulación de una agenda mínima en la que quepamos todos, nuestra permanencia en el subdesarrollo se perpetuará por mucho tiempo más. La moderación que tanto caracteriza a los guatemaltecos cobra una factura muy cara. El despertar de esta moderada mayoría llegará tarde o temprano, pero mientras esto sucede el costo puede ser mayor de lo imaginado. Espero que pronto surjan líderes capaces de capitalizar el gran poder que esta adormecida mayoría aún no conoce. Lo que hoy tenemos no se puede cambiar sin la convicción de las mayorías. Lo que hace falta es quien las despierte.
En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico de Guatemala o la de su línea editorial.