Estamos en pleno periodo de consolidación de pactos, unos con orientación electoral, los cuales enrarecen el ambiente, pero tienen una duración efímera; incluso es posible que algunos de ellos se tracen en condiciones de alta vulnerabilidad que no alcancen a sobrevivir las etapas previas de las elecciones. Pero están otros pactos, los que se gestan para diversas etapas, más sórdidos, con mayor enlazamiento de objetivos para un propósito mayor: quienes integran la mesa salen gananciosos desde diversos ángulos y para una dimensión temporal más amplia. En este caso, las elecciones forman parte de uno de los episodios, pero el asunto va para más.
Ese es el caso del pacto entre el denominado “oficialismo” y la UNE. A estas “fuerzas” poco les importa aquel concepto relacionado con el sentido de la historia: si la historia que se hace no tiene significado, la historia que se dice no sirve para nada. Lo que les importa es labrar un horizonte conveniente para la reproducción y fortalecimiento de la lógica dominante. Ello pasa por consolidar el control de las antes llamadas instituciones, lograr una correlación de fuerzas hegemónica donde no quepa, ni siquiera por decoración, la presencia de otros actores porque su sola presencia es percibida como riesgo. Este es el pacto de la continuidad.
De allí que se quiera activar la elección de los magistrados en la CSJ, garantizar que el órgano electoral no se mueva de su metro cuadrado, mantener el control en el Congreso y en la llamada agenda legislativa. Pero para ello es menester que se apruebe el presupuesto 2023 para que haya recursos a manos llenas que aceite los engranajes. En el mismo plano de acciones “necesarias” está reducir el espectro de candidatos a diversos cargos de elección popular para que salir o procurar el retiro de aquellos que, aunque sus posibilidades de victorias sean menores, puedan descolocar algunos de los ladrillos sobre los que se asienta la hoja de ruta. Desde esta perspectiva, si las elecciones presentan anomalías de diferente orden, no pasa nada. Con que se lleven a cabo y se garantice la participación del votante-zombi que no demanda mayor cosa, participa por inercia, cae en las tentaciones de las múltiples expresiones del clientelismo y acude a “participar” ante las presiones de las diversas formas autoritarias, basta y sobra.
Recordemos que predomina el síndrome de la despolitización, donde se han desdibujado diversos modelos presentes desde lo conceptual, pero que en la práctica tienen otras dimensiones. Estamos inmersos en el escenario del consenso insignificante, donde este solo existe por defecto. El ciudadano no tiene nada que decir/aportar.
Como plantean los teóricos del desorden, la sociedad no se concibe desde el ángulo de la unidad; hoy está regida por relaciones de fuerzas y poderes en beneficio de intereses locales y parciales. Los pactos perversos tienen cabida y logran sus propósitos porque la sociedad funciona sin acuerdo sobre sus principios. Antes los conflictos jugaban un papel crucial, en ocasiones servían de estabilizadores. En la actualidad, la indiferencia ejerce un efecto pacificador. Ahora los consensos se construyen en cuestiones puntuales, no en temas sustantivos, los de fondo requieren confrontación pública y democrática, hoy inexistente.
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