Catar, pequeño país, marginal en la tradición del balompié, pero con envidiables excedentes monetarios, acoge este año la Copa Mundial de Fútbol. Una distinción presuntamente ganada mediando el juego nada decoroso del soborno. Historia esta bien conocida por la FIFA. El evento le ha servido a este emirato petrolero, gobernado férreamente desde 1971 por la familia Al-Thani, para armar una batería propagandística de supuesta grandeza. La promoción de la Copa ha sido una vitrina de exhibición teñida de nuevorriquismo: doscientos mil millones de dólares volcados en fastuosas infraestructuras, más para ser admiradas y envidiadas por el mundo entero, que para cubrir necesidades reales de sus habitantes. Por supuesto, el país está en su derecho.