Cartas

El aspecto emocional en la política

Juan Carlos Medina Salas

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Los politiqueros populistas, se apoyan en la “emoción” para despertar sentimientos de “esperanza”, especialmente en los más pobres. La política de la emoción es un enfoque, que ofrece satisfacer las necesidades básicas de las grandes mayorías. Se promete cambiar todo, para no cambiar nada (El gatopardo de Lampedusa). Se promete progreso sin saber que significa. Se genera la idea de que la gente (no ciudadanos) no controlan su propia vida. Así, puede decirse que votan pero no eligen. Estamos ante una debilidad de la democracia liberal, que  nos ha precipitado a gobiernos dictatoriales. Los politiqueros son malandrines que dan vergüenza. Haemon hijo de Creonte en la Antígona dijo: “Un Estado para un hombre no es Estado en absoluto”, en referencia a su padre el rey Creonte. (441 a.C.) 

Vivimos en un mundo incierto. Escapamos de la guerra y del miedo, para caer en las garras del populismo y de este al autoritarismo. En este país, se recuerda la guerra de los treinta y seis años, para pasar a la paz y de ahí a una coexistencia armoniosa. Pero, los politiqueros han abusado de estas circunstancias. No se alimenta el debate serio ni se respeta el activismo político. Aquí, “cualquiera” hace política, que incluye por supuesto al crimen organizado. Se juega con la emoción que despierta ofrecimientos mentirosos. Olvidan que sus actos los definen de cuerpo entero. Otra debilidad es el número de vehículos electoreros. No hay partidos políticos. 

Nos han sumergido en un mundo de internet y vivimos en una sociedad del espectáculo. La democracia es una meta, es una esperanza. Así, ¿Cómo se atreven los politiqueros en campaña, a hablar de desarrollo?, ¿Qué buscan estos candidatos al utilizar el populismo?. El fin, justifica los medios y, ese fin es el ejercicio del poder. Lamentablemente, ese fin ha cambiado por la “corrupción”. Se promete progreso sin entender que éste es ir hacia adelante  y cuando se admite ver hacia atrás, es para tomar impulso. 

Urge que se trace una ruta hacia una democracia exitosa, en vía contraria de la autocratización que se ha ido imponiendo. Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca, países escandinavos, han mantenido su estabilidad democrática sin ser golpeados por el populismo. Quizá la respuesta esté en el compromiso ciudadano. Allá, se impone una cultura homogénea, que se mueve en un camino entre el socialismo y el capitalismo, tomando como propio lo mejor de cada sistema político. ¿Por qué no se ensaya algo parecido en América Latina? Se requiere de una división de poderes “fuerte”, como lo concibió el Barón de Montesquieu en el Espíritu de las leyes. Una sociedad civil respetada y asociaciones libremente formadas. 

El politiquero ofrece acabar con la desigualdad despertando la emoción. Todos somos desiguales aunque hay iguales entre iguales, pero esto no se comprende. El politiquero populista dice lo que el pueblo quiere escuchar, pero cuando el pueblo despierta, se desencanta. El politiquero desconoce lo que es un plan de gobierno, pues lo que ofrece es una lista de ofertas de supermercado, lo que a la larga genera desconfianza social. Valdría la pena ofrecer educación de primera para todos los niños, trabajo para los adultos, un sistema que ataque la violencia, la inseguridad y sobre todo que desarrolle una cultura política en la que puedan intervenir las universidades.  

Probablemente, esto nos conduciría en el plano nacional a tener un Estado con instituciones “desarrolladas” y “fuertes”, donde prive la confianza y credibilidad del pueblo, extremos que el “populismo” y el vulgar “raterismo” se han encargado de ir sepultando el Estado de derecho. El diccionario nos dice: “Emoción es un sentimiento que despierta interés generalmente expectante, con que se participa en algo que está ocurriendo”. Puede afirmarse que el populismo es el enemigo uno de la democracia. Es el desacuerdo filosófico y político que a la larga será como una serpiente que se morderá su propia cola. 







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Author: Maria Suarez