Diseñados para morir

Todo se ha acelerado en nuestro mundo. La vida transcurre a velocidad de vértigo. Y parece que en nuestras sociedades desarrolladas nos hemos acostumbrado también a desprendernos con una rapidez vertiginosa de las cosas que nos rodean: nuestra ropa, nuestro móvil, nuestro ordenador, y hasta los muebles de nuestra casa, o nuestros coches… se pasan de moda, se quedan obsoletos, nos cansamos de ellos… ya no nos sirven. Hasta hace no tanto lo habitual entre muchos fabricantes era lo que se conoce como obsolescencia programada , que no es otra cosa que el propio diseño del producto incluya que deje de funcionar transcurrido un tiempo. Estas prácticas, que en su día fueron aplaudidas desde muchos ámbitos, especialmente desde el económico, son consideradas hoy casi un atentado contra el planeta , por las enormes cantidades de residuos que genera. Y, de hecho, en algunos países está prohibido. El origen de esta práctica hay que buscarlo en los años veinte, en el sector automovilístico estadounidense. Se dice que fue un ejecutivo de General Motors, Alfred P. Sloan Jr. , quien en 1924 sugirió lanzar nuevos modelos cada año para mantener las cifras de venta. Desde entonces, la práctica se fue extendiendo a otros sectores: todo tipo de productos electrónicos, desde ordenadores, televisores o teléfonos móviles a todo tipo de electrodomésticos o software. Y otro tanto ocurre con la industria textil, una de las más contaminantes, donde la rebaja de la calidad de las prendas hace que se rompan con facilidad, pero no todo es negativo. La obsolescencia programada tiene ventajas para las empresas fabricantes de los productos y sus trabajadores y para el propio sistema económico, ya que al tener que sustituir los productos, se mantiene o incluso se aumentan la producción y las ventas. A su vez, la sociedad también se beneficia de una constante inversión en I+D+i, para hacer productos que ofrecen más y mejores prestaciones, y permite además, que la economía crezca y que se cree empleo. Pero, sin duda, tiene sus desventajas, ya que se generan toneladas de residuos y se produce una sobreexplotación de recursos con un impacto muy negativo para el medio ambiente. Pero la obsolescencia programada no es solo que los fabricantes diseñen sus productos con fecha de caducidad, sino también que surja un modelo mejor o, directamente, que pase de moda. Y ha sido, y es, la propia sociedad quien nos empuja a vestir a la última moda, a llevar el móvil de última generación o a tener el mejor coche. Algunos psicólogos aseguran, que aparte del daño al medio ambiente, esta cultura genera una insatisfacción permanente en los compradores , que se endeudan continuamente o sufren estrés con tal de conseguir los últimos modelos. En los últimos años, sin embargo, algo está cambiando. La creciente sensibilización de la población con el cuidado del medio ambiente nos hace plantearnos si es sostenible esta sobreexplotación de los recursos, y si ha llegado el momento de echar el freno. De la noche a la mañana no podemos pasar del blanco al negro. No se trata de volver al pasado, de renunciar a los avances tecnológicos, a la democratización de la moda… pero sí ha llegado el momento de apostar por la economía circular que nos permite reaprovechar buena parte de los residuos que generamos. Ha llegado el momento de castigar, si no prohibir que los fabricantes diseñen productos para que se estropeen. Ha llegado el momento de apostar por la rehabilitación de edificios, muebles y objetos que permitan darles una segunda o tercera vida. Ha llegado el momento de hacer ropa más resistente, que no se estropee al tercer lavado… Ha llegado el momento de que cada uno pongamos nuestro granito de arena para dejar un mundo mejor del que recibimos.

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Author: Pablo Perez