Muy fea la despedida. Luis Enrique se marchó de la selección a su exótica manera, refugiado en la barra de bar de las redes sociales con la coartada de los nuevos tiempos, pero soltando bilis igualmente. Un formato muy reconocible en el personaje (hago como que no pego y atizo de soslayo con mucha intención), con un destinatario inesperado al fondo de la agresión: los (sus) jugadores. Un grupo al que aparentemente el técnico protegió durante todo su gobierno, con el que logró organizar un ejército leal y rocoso, y al que en el epitafio señaló de manera sibilina con un disparo al aire que ensucia a los 26, ahora abandonados. De fieles soldados a apestados subordinados. Solo uno, pero para todos. Ese inofensivo «hay uno de la lista al que no me llevaría otra vez a Qatar (…); lo que vi no me gustó« que deslizó en su cómodo y distendido interrogatorio póstumo con Ibai Llanos fue un golpe franco, una estudiada jugada de estrategia a balón parado. Mucho menos enigmático (¿a quién se referirá el entrenador?) o cobarde (tirar la piedra y esconder la mano) que maquiavélico. Luis Enrique pone la cruz invisible sobre un anónimo cualquiera y contagia de pleno a todo el mantel. «Uno de los nuestros», en versión opuesta. Una bomba de racimo. Noticias Relacionadas opinion Si Selección de columnistas Pronósticos con patatas Julián Redondo opinion Si Selección de Columnistas Un gato triste y azul Ignacio Ruiz-Quintano Las quinielas y conjeturas de periodistas y aficionados desde que que (justo el día que presentaban a su sucesor, esa es otra , y de mal gusto) el exseleccionador pronunció su perversa frase le hacen el recorrido a su córner olímpico. Qué más da que el aludido fuera Ansu Fati o Carvajal, Guillamón o hasta su propio yerno. Es que en realidad no se trata de ninguno. El sobre está vacío. Era un señuelo. Contado así no hay otra. Y vuelve a dejar mal, muy mal, a su ideólogo, por más que silbe. Luis Enrique se marchó ajustando un navajazo a su propia gente.