Mientras el mundo avanza, nosotros retrocedemos. Caminamos hacia épocas oscuras.
“Sería maravilloso que el año nuevo fuera como una página en blanco. Como volcán sin escalar. Sin tachones ni posdatas. O sea: borrón y cuenta nueva. Pero la realidad no da treguas, es un hilo largo que no hace pausas, ni permite excusas.”
Pongo un ejemplo: del Neolítico hasta tiempos modernos, la humanidad ha transitado por un largo recorrido para hacer frente a las enfermedades, atenuar el dolor y burlar a la muerte. La figura del “sanador” se creía intermediaria entre los dioses y los seres humanos; las civilizaciones del mundo antiguo veían a los males del cuerpo como un castigo divino y se protegían con ungüentos milagrosos y aceites enviados del cielo.
Desde concepciones religiosas hasta terapias mágicas y rituales, los sabios de la salud han dejado a la humanidad grandes avances: el microscopio, los antibióticos, anestésicos, antirretrovirales, rayos X. Heredamos hospitales, psicoanálisis, anticonceptivos, trasplantes, tanques de oxígeno, grandes avances en el campo del ADN, la clasificación de enfermedades endémicas y epidémicas, y el descubrimiento de sus causas. Recorrido que hoy desemboca en la era del genoma humano. Este siglo de maravillas, progresos y técnicas que en otros tiempos hubieran sido impensables, ahora se convierten en una dichosa realidad.
Seguramente quienes dedicaron su genialidad a estos grandes avances, jamás pensaron que podrían representar una herramienta de discriminación. Que solo quienes pudieran pagar los gozarían. Acá, tristemente, el acceso a las grandes virtudes médicas resulta inviable para la mayoría. La Salud Pública colapsa silenciosamente. Gracias a la burda y asquerosa corrupción. Al desinterés por las áreas rurales.
El desabastecimiento permanente de insumos médicos, quirúrgicos y reactivos de laboratorio hace inviable el mínimo funcionamiento del sistema. La falta de vacunas (hay un serio riesgo del resurgimiento de enfermedades erradicadas), médicos, camillas, jeringas, hilos para suturar, entre mil cosas, agrava las condiciones. Y de medidas preventivas, ¡ni hablar!
Mientras el mundo avanza, nosotros retrocedemos. Caminamos hacia épocas oscuras; nos entregamos a los designios de una muerte que pudo evitarse. A otro Neolítico, pero sin dioses de nuestro lado. ¿Cuánto más costarán las espurias ambiciones de los ladrones del Estado? ¿Seguiremos detenidos en el “no tiempo”? ¿Por cuánto tiempo? ¿No es este un buen tiempo para reflexionar?
Sí, me valgo del ejemplo de la salud nacional entre tantos más, porque está la educación pública como otra de nuestras grandes tragedias; o el brutal manejo de las demandas y reivindicaciones con represión y diálogos fingidos, alimentando el descarado racismo. Sigue el hambre, la miseria y la inutilidad. ¿Puede cambiar esta debacle?
Llega un año nuevo que trae consigo retos cardinales para nuestro país, y lo sabemos: o intentamos salir, o nos quedamos varados. Sí, un inicio de año para investigar, pensar, escuchar, evaluar con seriedad. Para tomar decisiones acertadas y no aquellas que luego acarrean arrepentimiento prolongado por cuatro años más.
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