Casi dos semanas de Mundial he tardado en ir a una fanzone. El trajín diario es el que es y las obligaciones otras distintas, por lo que no había surgido aún la oportunidad. Acabó llegando tras el aviso de Enrique, ‘fan leader’ de la selección española. «Nos han invitado a jugar un partido contra aficionados alemanes en Corniche», me escribió antes de contarme el gran aliciente: «¿Sabes que viene Xavi Hernández?». Me pareció una ocasión inmejorable pese a que la hora no era la mejor. La una de la tarde en Doha, sin brisa ni una nube en el cielo, sienta como un puñetazo en el estómago. Lo peor fue llegar. El metro queda ligeramente apartado. Fueron unos dos kilómetros hasta alcanzar los arcos de seguridad de la entrada. Primero te pastorean a través de una senda vallada y laberíntica y después te sueltan en un enorme descampado. En la fanzone tronaba la música de una DJ delante de un auditorio vacío. A esa hora la asistencia era mínima, y los que estaban intentaban resguardarse en alguna de las pocas sombras que ofrecía aquel lugar un tanto inhóspito. En una de las esquinas estaba el campo de fútbol donde se iba a jugar la pachanga. Un instructor hacía ya ejercicios con los protagonistas del partido y les aleccionaba para cuando llegara Xavi. El entrenador del Barça apareció poco después, sonriente y saludando con ganas a todos. Su función era simple: dirigir una serie de ejercicios de activación y participar en un par de partidillos, siempre del lado del equipo que tenía el balón y atacaba. La clase y el toque no los ha perdido. Al acabar, hubo una larga sesión de fotos antes de que Xavi se pusiera a responder preguntas a un equipo de reporteros de la FIFA. Ahí vi mi momento. Era el único periodista español, una suerte en estos tiempos. Esperé pacientemente a la espalda de esa única cámara que enfocaba al técnico y, cuando ya pensé que me tocaba, se me acercaron dos tipos por detrás preguntándome quién era y qué hacía ahí. Me expliqué con naturalidad, inconsciente de estar haciendo nada prohibido. Pero con idéntica calma me dijeron que aquello era un acto privado de la FIFA y que no estaba permitida la prensa. Que guardara mis bártulos y que, por favor, me fuera. No está la cosa para desobedecer a la FIFA, así que no puse objeción. No me quedó otra que emprender un tortuoso regreso hacia el metro lamentando la ocasión perdida. Por cierto, ganó Alemania.