En la Guajira, desde niño en la tierra seca asocié el silencio a la desnudez, y la desnudez y la aridez a la belleza; solo recitaba poemas con un alfabeto antiguo de mis hermanos arahuacos, con el que festejaba a cielo abierto en las noches para enamorar a la luna y seducir a los avatares de mis inocentes instintos. Siempre supe que el silencio tenía su propia música, que alterna entre el sonido y las pausas que él permite, sin cuya conjunción no habría ritmo del universo.