Mudanzas

Y tienen las palabras su verano,

su invierno, y tiempos de entretierra

y estaciones de olvido.

Ida Vitale, Sequía

Las palabras también tienen mudanzas. Y, con ellas, la sensibilidad también migra, cambia de territorio y de textura.

Hace unos meses, comencé una nueva libreta-compañera. Al escribir por primera vez en ella, pensé en lo habitual que se me ha hecho medir el tiempo a través de sus páginas, y de las páginas de aquellas que la antecedieron. Cada libreta marca una pequeña era no planificada, un conjunto de encuentros y una sucesión de despedidas que rebasan la cronología del calendario.

En ellas, por ejemplo, soy capaz de rastrear la presencia de las personas en mi vida, así como la antigüedad y la rotura de nuestros vínculos. Me permiten decir: «¡Ah! Sí, te conocí cuando aún usaba la libreta gris», o bien: «Es verdad que te fuiste. No te nombro desde hace dos libretas».

En esa misma arqueología del recuerdo, puedo hallar también fósiles de mí misma, con todas las máscaras que he tenido y he abandonado. Al releerme en las viejas moradas de mi voz, puedo probármelas de nuevo, por un rato, antes de regresar al presente, a la fresca página en blanco que me espera.

Otras veces, debo volver —como quien ejecuta una mudanza lenta— por algunos retazos de poemas que dejé escritos en mi anterior cuaderno-casa, cuaderno-refugio, para llevarlos a su nuevo hogar, en donde quizás terminen de tomar forma. Algunos fragmentos, seguramente, quedarán en la esquina de alguna página, ensombrecidos por mi propio descuido, como una pequeña lámpara que no subí al flete, y que ahora guarda polvo, cubierta por una cobija de telarañas.

Hacia las «estaciones de olvido»

Algo abandonamos en cada mudanza. Algo muta en cada nueva superficie que se nos extiende para la escritura. Cambiamos la forma de asirla, la postura que adoptamos, la caligrafía, la velocidad a la que escribimos, la firmeza o la fragilidad de los trazos, el modo de pasar de página, el gesto final con el que la cerramos. Somos otro cuerpo que se escribe a sí mismo. Nos convertimos en habitantes de un sitio extraño que exige otras maneras de acariciar la palabra.

Descubrimos, otra vez, el desarrollo de una era marcada por las palabras, con su invierno, su verano y su desembocadura inevitable en el olvido, como susurran los versos de Vitale. A un ritmo silábico, nos acercamos a la definitiva mudanza hacia el silencio.

¿Qué podemos hacer mientras llega? Fundar islas de vocales, inaugurar refugios, escribir.







En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclus iva de su autor y no representan la vi s ión de elPeriódico o la de su línea editorial.


María José Lara

Licenciada en Periodismo, dedicada a la edición de textos y la docencia universitaria. Poeta y autora de los poemarios El espejo irregular y Naturaleza inacabada. Activista de RISE.

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez