“La cotidianidad sería más cruel sin ustedes”
Detrás de la muralla que genera incesante vorágine de información sobre corrupción, discriminación y violencia, entre otros males, habitan muchos buenos corazones. Diríamos casi todos, en realidad. Los que con augurios de esperanza pringan este mapa. Los que al despertar la madrugada, se entregan a las calles con empuje y valentía. Sobrevivientes. Pilares que mantienen viva la posibilidad. Los que hacen que esta sórdida coyuntura se vuelva una más afable, menos fatal.
Hablo de mujeres y hombres virtuosos: los que recogen la basura en la puerta de las casas. Los que aún, sin equipo y medicamentos necesarios, salvan vidas en un hospital del Estado. Los voluntarios silenciosos. Los que caminan cuántos kilómetros al día para enseñar contra tanta adversidad. Los que rescatan vidas de las llamas, testigos de la más cruel perversidad y, como si eso fuera poco, se ven obligados a suplicar por “contribuciones” en los túmulos. Los que proveen de pan y tortillas. Los que tapan voluntariamente baches en las carreteras. Los lancheros y pescadores. Los que salvan a las tortugas. Los que cargan grandes bultos cuando el sol no ha salido, para vender sus productos en un mercado. Los que viajan de pueblo en pueblo para comerciar melcochas, dulces o chapulines en ferias patronales.
Los que pican piedra en la sequía de una montaña. Los repartidores de periódicos. Los payasos de circos chiquitos. Los que enseñan deporte en las federaciones desgastadas. Los grandes músicos que preparan futuros músicos, con sueldos miserables. Los que ponen ante el público su nueva función de teatro. Los que rescatan animales. Los albañiles. Los que producen cine sin presupuesto. Los mensajeros que hacen largas filas en nombre de su jefe. Las “empleadas domésticas”. Los que atienden emergencias naturales.
Los que van de puerta en puerta vendiendo cacerolas y frazadas. Los que guían al turista. Los que trabajan la tierra hasta que el sol se esconde. Los que velan por enfermos terminales. Los que arreglan pinchazos a orillas de las calles. Las inigualables parteras que traen niños al mundo con todo y sus sonrisas. Los que limpian los inodoros. Los que escarban alcantarillas. Los que trabajan de sol a sol en una maquila. Los que cuidan y lavan carros en las aceras. Los que dan la noticia día a día (bajo el sol, bajo la lluvia). Los que ofrecen su función al aire libre, esperando una limosna. Los artistas y artesanos (que acá pululan).
Los que mantienen su negocio a pesar de inclementes extorsiones. Los que se oponen a la depredación de su territorio. Los que plasman en un lienzo sus emociones y pensamientos. Los que escriben poesía.
Los que barren las calles después de navidad. Los que luchan por sus ríos. Los que se sorprenden todavía y creen en un cambio. Por ellos y por muchos más que no alcanzo a mencionar…
A todos, mis respetos por hacer que esta hecatombe cotidiana no sea tan cruel como podría. ¡Gracias!
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