Seguimos encabritados

Ni siquiera la Nochebuena, que se celebra con cenas copiosas y reuniones familiares, ha conseguido traer la paz y la concordia a una España por donde todavía cruza errante la sombra de Caín. El discurso del Rey que empezó con un elogio a este país valiente y abierto, para terminar en un llamamiento a la unidad y el acuerdo, fue recibido por la extrema izquierda y los independentistas con un bombardeo de improperios que superan incluso a los bombardeos que la artillería rusa está sometiendo a Ucrania, sin distinguir entre civiles y militares, hombres y mujeres, viejos y niños, hospitales, museos o escuelas. Que algunos lo tenían preparado, dijese lo que dijese el monarca, lo demostró el portavoz parlamentario de Esquerra Republicana de Cataluña, mostrando a un Felipe VI niño dando la mano a Franco. Olvidando que si él ha llegado a ser lo que es se debe a que el padre de ese niño decidió ser el rey de todos los españoles en vez de sólo de los que habían ganado la guerra. Pero ya conocemos a Rufián y sus gracietas, que no tienen la menor gracia, como la mayoría de los chistes izquierdistas . Y más si son secesionistas, especialmente en los países donde gobiernan, donde pueden dar con ellos en la cárcel o sitio peor. Como la política se ha hecho global, como casi todo y el Rey abordó temas que afectan al entero planeta, con el asalto a Ucrania en primer lugar, no creo que éste análisis de su mensaje desentone en la sección de internacional. ¿Qué se esperaba que dijera? ¿Que todo va estupendamente y deseara a todos unas felices fiestas y un próspero año nuevo? ¿O tal vez que el gobierno lo está haciendo muy bien, mientras la oposición muy mal? Puede que ambas cosas. Pero entonces no estaría cumpliendo con su deber y sería un político más. Tenía que decir lo que dijo: que atravesamos tiempos difíciles y es consciente de los desafíos que tenemos delante. Ante los que sólo cabe cerrar filas y defender las instituciones. Sin citar nombres ni echar la culpa a ninguno de los contendientes. Creí detectar, eso sí, un cierto desaliento ante un país que ha perdido no sé si el camino, pero sí el buen humor y la esperanza de convertirse definitivamente en la gran nación europea que fue. Aunque pudiera ser que la relectura de Baroja que he hecho últimamente me haya contagiado su pesimismo: «A una colectividad siempre se la engaña mejor que a un hombre», escribe. A lo que le añadiría, perdón don Pio: un hombre solo piensa, la multitud sigue. En fin, gocen cuanto puedan de estas navidades, que no hay garantía de que se repitan.

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Author: Pablo Perez