La sofocante madrugada del 14 de diciembre de 1922 en que el chorro de petróleo brotó de Los Barrosos 2, en palabras de Henry Pittier: alzándose como “pluma de avestruz puesta verticalmente”, dada la fuerza de los gases liberados por el taladro de la Shell operado por seis obreros del patio, nadie pudo advertir que justo en ese momento el país comenzaría a ser otro.