La trayectoria del nuevo año corre en dos dimensiones. O se termina de configurar el proyecto monopólico, o se crean algunas grietas. En el primer caso, las elecciones de medio año servirán como plataforma para consolidar la lógica dominante que tiene como pilares: 1) el discurso donde priva la narrativa “el país va en la ruta correcta”, 2) la consolidación de la mezcla de candidatos provenientes del blend entre corrupción, crimen organizado, capitales emergentes creados a la sombra de los negocios con el estado y los oportunistas que quieren beneficiarse del reparto de las mieles; 3) el agotamiento (por cansancio o sometimiento) de las fuerzas cuestionadoras (sociedad civil, comunidad internacional, otras), lo cual allana el camino para la continuidad, y 4) una elección que aunque para la ciudadanía no represente mayor cosa, para el bloque en el poder si es sumamente útil para legitimar ir por más.
Por otro lado, las opciones disruptivas tienen como eslabón lo que ocurrirá con la inscripción o rechazo de los binomios planteados por los partidos MLP y VALOR. En el primer caso, tal parece que la propuesta de integrar al exPDH lleva consigo la idea del rechazo, y tras ello la movilización de las bases territoriales que ese partido cuenta en varias regiones. Es improbable que se queden de brazos cruzados y “acepten” la decisión de dejarlos fuera así por así. ¿Hasta dónde pueden llegar las acciones de rechazo? Quién sabe. Incluso inviabilizar el evento electoral es alternativa. Esa organización no tiene chance para derivar el voto, como si tienen otras. La cruzada para descarrilar el sistema no parece descabellada.
Pero la bomba de tiempo no solo tiene ese ingrediente. ¿Qué pasará si la candidata presidencial del partido Valor corre la misma suerte del 2019? Pensar que el camino será distinto porque la correlación en la CC es favorable, es exceso de confianza. Para los intereses del bloque oficialista la candidata no representa, totalmente, una de las suyas. Más bien, es creadora de la mesa de al lado, donde los jugadores e intereses no son necesariamente los mismos para garantizar la absoluta continuidad. Puede convertirse en la opción, si está dispuesta a negociar su agenda y los alfiles, o si genera una masa de electores que los aleje del pelotón. Pero, a como van las cosas, no genera los adhesivos necesarios y sabe (o debería) que negociar la dejaría con una porción de poder ínfimo o inclusive simbólico frente a la fuerza descabellada de los operadores de las diferentes agendas de intereses.
En un escenario donde se privilegia la dispersión de fuerzas, la ausencia de diferenciadores y la confusión de los votantes, la construcción de la viabilidad electoral se construye día a día. Un evento donde no hay custodio con credibilidad, donde las anomalías, recursos legales, tensiones y conflictos serán cotidianos, y las fuentes de desinformación seguirán haciendo de las suyas, las cosas no pintan nada bien para lo que viene. Al final de cuentas quienes pagamos las facturas por los desmanes somos una sociedad cuya utilidad se reduce a llenar cinco boletas y depositarlas en unas bolsas aparentemente vacías y transparentes, pero que simbolizan muchas cosas pactadas en secreto y con anticipación.
El ambiente es cambiante y caótico, pero con el fragor de las siguientes semanas será peor. Las elecciones, aunque no forman el todo del año, generarán tales niveles de confusión y falsas sensaciones solo para terminar siendo el garante de la continuidad de las perversidades.
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