Basta de llenar nuestra dieta informativa con ególatras, opinólogos de todo, víctimas infinitas, tuiteros, influenciadores, tiktokers e instagramers irresponsables con bonita cara pero poco seso, de románticos de ideologías fracasadas y mundos utópicos y de discursos de odio basados en falacias.
Cuando dejamos de preguntarnos por lo que está bien y lo que está mal, adormecemos nuestra conciencia, perdemos interés en razonar y comenzamos a centrarnos solamente en lo que sentimos. Y cuando esto pasa, comenzamos a desnutrirnos por el consumo de fuentes que corrompen el debate de altura y contaminan la pureza de la información curada. Incluimos toxinas en nuestra dieta informativa, dictada cada vez más por caras bonitas y cada vez menos por profesionales de renombre.
Es claro que en los medios, instituciones y arenas políticas sea exigible que todas las voces del debate estén respaldadas por conocimientos y experiencia. Pero sin duda hace falta este respaldo en las plataformas digitales y redes sociales, que son los vehículos más utilizados por millennials y centennials para informarse y que, bajo un discurso que ensalza el libertinaje de expresión, le han dado voz a todos, incluyendo a aquellos que no tienen nada que decir porque no construyen con sus discursos.
Traigo a colación el tema porque estamos a escasas horas del banderazo inicial para una contienda electoral que ya huele muy mal. Fuera del discurso populista, nefasto y cara dura de los candidatos a alcaldes, diputados y presidentes de siempre —vividores de las elecciones y de lo que recaudan sus partidos de cartón cada cuatro años— también se llenará nuestra agenda informativa de múltiples voces que querrán emitir opinión y aventurar análisis políticos irresponsables.
Sobran los casos de figuras públicas y líderes sin conocimientos que, guiados por ataques sentimentales, nublados de razón y sin conciencia plena de la cantidad de seguidores que ostentan, se lanzan a las redes a alimentar información no contrastada o chismorreos tóxicos que poco hacen para unir a un país tan dividido y para tratar con madurez nuestros principales problemas.
Basta de llenar nuestra dieta informativa con ególatras, opinólogos de todo, víctimas infinitas, tuiteros, influenciadores, tiktokers e instagramers irresponsables con bonita cara pero poco seso, de románticos de ideologías fracasadas y mundos utópicos y de discursos de odio basados en falacias. Para elegir a qué grupos de poder le damos las riendas de un país sin rumbo y al borde del abismo, no es conveniente guiarnos por personajes que de política, gobierno y realidad nacional saben casi nada, consecuencia de vivir en un país de mayoría analfabeta que se informa poco, se mofa demasiado de sus penas y no toca fondo, porque carece de madurez para reconocerse fracasado.
¿Quiénes componen nuestra dieta informativa? Hagámonos un autoexamen honesto hoy y comencemos a limpiar nuestras redes, sin miedo a bloquear, silenciar y dejar de seguir a personajes, organizaciones y cuentas que generan desinformación, odio y chismorreo. Lo que consumiremos estos próximos meses moldeará seguramente nuestro voto y, por ende, el destino del país para estos años.
En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclus iva de su autor y no representan la vi s ión de elPeriódico o la de su línea editorial.

Juan Diego Godoy
Comunicólogo, periodista, columnista y profesor universitario. Máster en Periodismo, con especialización en análisis político. Apasionado por la política, cultura y tecnología.