En mi casa no está prohibido hablar sobre política o religión. Al contrario, nos gusta meterles cizaña a los demás. Pero, aunque tratamos de ganar la discusión o de persuadir al otro, también compartimos lo que conocemos y aceptamos si estamos equivocados. Digo esto porque hace unos días mi papá me insinuó que debería de escribir sobre qué es la democracia. -No todos tenemos claro que significa- me dijo. La idea me generó un poco de duda, porque no sabía si iba a poder hacerlo y si el tema les iba a gustar a ustedes, pero luego me recordé que regresar de vez en cuando a los puntos básicos sirve para ajustar y mantener el rumbo correcto de nuestra vida. La democracia, en principio, es un sistema de toma de decisiones públicas en el cual los intereses, valores y necesidades de cada persona son tomados en cuenta. Esto puede hacerse directamente, como en una consulta popular, o indirectamente, por medio de diputados, alcaldes y otras autoridades. Además, para existir y prosperar la democracia requiere de libertad de expresión, para que todos conozcan nuestros intereses, valores e ideas y para que estas, al igual que en la mesa de mi casa, sean discutidas y puestas a prueba. La democracia también requiere de un proceso legal, confiable y aceptado por todos, para decidir en última instancia qué intereses, valores y necesidades van a ser satisfechas y cuáles no, mientras dure un gobierno. Un ejemplo de esto son las elecciones generales, en donde elegimos a los candidatos que prefieren unos, sobre los que prefieren los demás, pero todos aceptamos la decisión, pues consideramos que el proceso es justo. Y, tercero, la democracia necesita de ciudadanos bien informados y que exijan a las autoridades públicas la protección y la satisfacción de sus derechos e intereses. La democracia es más que esto, pero con estos puntos quiero ahora hablar de cuáles son las debilidades de la democracia chapina y sobre cómo tenemos que elegir bien este año.
Desde mi perspectiva, en Guatemala existe una democracia débil y por lo cual muchos de nosotros desconfiamos de ella. Pero, para que tengamos más y mejor democracia y qué nuestra voz sea escuchada y respondida, necesitamos solucionar tres problemas. Primero, debemos reformar el sistema electoral y de partidos políticos. Los candidatos a puestos públicos deben ser elegidos en elecciones primarias, por nosotros, y tienen que responder a nuestros intereses y no sólo a los propios o a los de sus financistas, ya en gobierno. Pero, hoy las elecciones en Guatemala todavía son concursos de popularidad, que cuestan cientos de millones de quetzales, y qué hacen que el dinero y no los votos determinen las prioridades de los candidatos y gobernantes y quiénes tienen más posibilidades de ser electos por nosotros.
Segundo, debemos fortalecer nuestra educación cívica y mejorar la calidad de la información pública del país. En los últimos años, a nuestra débil democracia la han intoxicado un coro de voces que han radicalizado y polarizado la política nacional. Estas voces están intentando llenarnos de ira y desconfianza hacia las personas, grupos y partidos que piensan distinto a nosotros. Su objetivo ha sido opacar y apagar nuestra cabeza fría y obligarnos a responder a nuestros instintos más básicos de miedo, defensa y ataque. Pero el fortalecimiento de nuestra democracia necesita que entendamos que todos vivimos juntos en esta habitación que se llama Guatemala y que tenemos que negociar nuestros intereses para vivir y desarrollarnos tranquilamente.
Tercero, la democracia guatemalteca necesita de un sistema electoral que contenga las mejores prácticas de selección y contratación de personal. Yo sé que esta idea de recursos humanos le va a parecer rara. Pero, póngase a pensar: el gobierno de Guatemala es la “empresa” más grande del país. Nuestro gobierno es como una corporación que nos brinda diversos bienes y servicios, con cientos de miles de trabajadores poco motivados y capacitados, millones de “clientes” insatisfechos, en donde sus gerentes se roban el dinero o hacen negocios sucios y que perjudican imagen y que no tiene una idea clara de hacia dónde ir. Entonces, les pregunto: ¿Le parece que la mejor forma de elegir presidentes, diputados y alcaldes es por medio de un costosísimo concurso de popularidad, en donde las ‘misses’ y los ‘misters’ ya tienen un discurso pre-grabado sobre lo que ustedes quieren oír? O ¿será que lo que necesitamos saber de un candidato se puede solucionar con que nos envíe su CV y le hagamos una entrevista pública en dónde nos responda si tiene la experiencia, conocimientos y habilidades para gobernar bien? Esta última idea no solo es barata y sino que es correcta, porque entonces estamos obligando a los candidatos a comprobarnos técnicamente que saben administrar bien las instituciones públicas; y no sólo que nos hablan bonito al oído o se visten y se maquillan para representar lo que queremos ver.
Finalmente, no sigamos escogiendo las migajas que nos dejan los que quieren elegir por nosotros, exijamos menores candidatos y si no votemos nulo.
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Javier Calderón
Es historiador, escritor, politólogo y consultor económico. Es M.A. en Teoría Política por la Universidad de Nueva York y M.A. en Historia Global por la Universidad Fordham. Experto en dictaduras, Guerra Fría y dirige el taller de escritura latinoamericano @Bumaga_83.
