Ética de las ofertas electorales.
Hace 20 años escribí en el espacio de esta columna de opinión: “El dilema ético de las ofertas electorales”. Me inspiré en el seminario permanente sobre los partidos políticos, de ASIES y la fundación Konrad Adenauer, al que fuimos invitados tres colegas ex ministros de finanzas para compartir experiencias de nuestro paso por el cargo: Richard Aitkenhead (1991-1993), Ana de Molina (1994-1995) y su servidor (1996-1998).
Habiendo servido al país desde gobiernos y circunstancias históricas diferentes (uno democrático que devino en un autogolpe, el siguiente transitorio surgido de la crisis institucional y el último de las urnas electorales como producto de la normalización democrática del país), los tres coincidimos en la precariedad y dificultades que enfrentamos para disponer de fondos para brindar los bienes y servicios públicos que exige y merece la sociedad guatemalteca.
Compartimos la visión que todo el esfuerzo económico, fiscal y financiero, así como el ejercicio del poder político, debe girar alrededor de la persona humana de quien deviene el mandato y a quien está destinado el servicio público, no pudiendo ni debiendo haber divorcio alguno entre los fundamentos económicos y las ofertas electorales.
Por ignorancia supina o peor aún, por una evidente mala fe, durante las campañas electorales se hacen promesas imposibles de cumplir, generando expectativas que después, confrontadas con la realidad, han derivado en el desencanto con la democracia y en el desprecio de la clase política. Desde el “no robo y no miento”, pasando por “mano dura, cabeza y corazón”, entre muchas muletillas electorales, la población cada vez desprecia más el discurso político, viéndose arrastrada a una visión egoísta cortoplacista, nada solidaria, de sólo buscar “qué hay para mí”, vendiendo su voto y su conciencia al mejor postor, que ha sido caldo de cultivo para el entramado generalizado de corrupción e impunidad, incapacidad e incompetencia.
En este orden de ideas y reconociendo que la gerencia pública demanda de los mejores administradores del país, no se puede aspirar a gobernar ética y exitosamente a Guatemala si no se está dispuesto a cumplir con, al menos, siete condiciones: Planificación (no improvisación); Profundidad (no superficialidad); Consistencia y coherencia (no volatilidad ni graciosas ocurrencias); Priorización y concentración (no dispersión de esfuerzos); Construcción acumulativa (no destruyendo ni descartando lo avanzado con visión de largo plazo); Unificación de esfuerzos (no dividiendo a la sociedad); y, Responsabilidad y compromiso (no engañando ni ofreciendo lo imposible).
El dilema ético está planteado para las diversas ofertas electorales, siendo totalmente inaceptable que se formulen promesas y ofrecimientos excesivos e irreales, sin la debida sustentación técnica y financiera, abusando de la buena fe, de la necesidad y la esperanza de los guatemaltecos.
En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclus iva de su autor y no representan la vi s ión de elPeriódico o la de su línea editorial.

José Alejandro Arévalo Alburez
Profesional de las ciencias económicas, con especialidad en banca, política pública, administración y finanzas. Profesor universitario, consultor independiente. Gerente del Banco de Guatemala, Superintendente de Bancos, Ministro de Finanzas, Presidente del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), Gerente del Banco Agromercantil (BAM), Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Vicerrector de la Universidad Rafael Landívar (URL), Rector de la Universidad InterNaciones (UNI).