Circuló en las redes sociales un interesante intercambio de ideas entre los conductores de un programa radial de nuevo cuño. En ese programa se suscitó un debate acerca del modelo político y económico reinante en los países nórdicos. Uno de los conductores argumentaba que se trataba de sistemas capitalistas con un fuerte estado de bienestar, mientras que los otros argumentaban que eran sistemas socialistas.
Más importante que determinar si un determinado país es más o menos capitalista, resulta más aleccionador reconocer que el funcionamiento del sistema capitalista se fundamenta en el Imperio de la Ley y en el respeto a los derechos fundamentales de las personas. Sobra la evidencia que demuestra que la inseguridad jurídica, la falta de certeza sobre los derechos de propiedad, la corrupción y la falta de independencia de los órganos de justicia y control son más dañinos para el desarrollo económico y humano de los países que mucho del activismo gubernamental característico de los países nórdicos.
Independientemente de lo que pudiera concluirse en relación al sistema político y económico existente en estos países, de lo que no hay duda es que sus sistemas de justicia son muy superiores a los nuestros. Según uno de los índices que miden la libertad en el mundo, producido por una organización libertaria canadiense, en el componente de solidez, imparcialidad e independencia del sistema de justicia de dicho índice, Finlandia ocupa el 3er lugar en el ranking mundial; Dinamarca el 4to; Noruega el 5to y; Suecia el 13ero.
Guatemala ocupa el lugar 97 de 165 países. Honduras el 127 y El Salvador el 165. Aunque esta evidencia no convenza a quienes tienen concepciones ideológicas radicales, es muy útil para demostrar el importante papel que juega el respeto a los derechos fundamentales de las personas y el imperio de la ley en cualquier país dentro del cualquier sistema político, más dentro de uno que se precia de ser capitalista. Si bien un sano componente ideológico es siempre importante dentro de la discusión política, no conviene caer en interpretaciones ideológicas radicales que reducen todo a blanco o negro. Extremos que a todos perjudican, con excepción de quienes aprovechan esta radicalización para avanzar sus muy particulares intereses.
