Destruir un país es más sencillo que construirlo. En las últimas dos décadas la democracia ha retrocedido en el mundo y las dictaduras se han afianzado. Pero, irónicamente, éstas últimas han demostrado que son peores que los países libres para adaptarse a los intereses, valores y necesidades cambiantes de sus habitantes, en un mundo que progresa a pasos agigantados.
Dictaduras como la de Nicaragua, China y Rusia, prometieron seguridad y riqueza a sus gobernados y estos les creyeron, por complacencia, credulidad o costumbre. Pero vemos que los dictadores de estas naciones fueron incapaces de cumplir con estas promesas ante las crisis del nuevo milenio o ante sus propias pasiones.
La caída y decadencia acelerada de Rusia es el ejemplo más importante para el mundo, sobre estos malos gobiernos. La decisión de invadir Ucrania surgió de la antigua creencia de que el poder mundial aún se basaba en el uso los ejércitos y de qué el nacionalismo extremista y la historia antojadiza eran razones legítimas y populares.
Aunque todavía no sabemos quién va a ganar la guerra, ya vemos sus resultados en Rusia. Las tendencias muestran una pérdida de prestigio internacional, humillación de sus fuerzas armadas, una creciente decadencia económica de largo plazo, fuga de cerebros, retroceso tecnológico, reducción de las libertades ciudadanas, incremento de juicios y arrestos políticos y una creciente pérdida de confianza popular en el dictador.
A un funcionario de alto rango chino se le escapó decir que Rusia se convertirá en un “poder menor” y que, por ello, se están distanciando. Nadie quiere estar con perdedores.
Pero, así como el nazismo no lo inventó Hitler, el putinismo no lo inventó Putin. Los gobernantes no son marcianos que surgen de la nada. Ellos surgen del seno de nuestra sociedad y de nuestra cultura; ellos representan nuestros vicios y virtudes. Putin es un líder autoritario, xenófobo, corrupto, negligente con su pueblo, militarista y con una visión fascista del pasado.
Esta es la cultura dominante de los rusos. Putin es el líder fuerte de una sociedad en que sus miembros están acostumbrados a tratarse como caballos: por la fuerza. Entonces, de cara a ese mundo que requiere sociedades más adaptables, educadas y ordenadas bajo leyes justas, cabe preguntarse ¿Cuál es la Guatemala que quisiéramos tener? ¿Cuáles de nuestros valores nos limitan obtenerla? ¿Qué tenemos que cambiar para crear un país más rico y de gente libre y orgullosa?