En 2022, el diccionario inglés Collins nombró al término “permacrisis” como la palabra del año. Dicho término se define como un período prolongando de eventos catastróficos que crean un ambiente de inestabilidad e inseguridad. Los guatemaltecos tenemos un conocimiento de primera mano del significado de dicho vocablo: durante años hemos vivido una gran cantidad de situaciones en las que no sabemos con razonable certeza qué nos aguarda en el corto plazo. Años después del 2015, solo estamos ciertos de que nuestras circunstancias se agravan debido a la imposición de la mafia política más desalmada. Es muy difícil que una sociedad se robustezca en medio de un interminable estado de incertidumbre.
Existe, sin embargo, una serie de problemas de alcance mundial dentro del cual se comprende nuestra problemática. Con la aceleración propia de los tiempos, participamos de un declive político global que revela un movimiento subterráneo de fuerzas destructivas que deben identificarse para actuar con inteligencia. El reciente ataque bolsonarista al gobierno de Lula habla de una sociedad horadada por la polarización y el odio; este suceso, sin duda, se inspira en el ataque de los partidarios de Trump al Capitolio —acontecimiento afectado por el mismo malestar. El pueblo peruano se desangra ante la acometida de un gobierno ilegítimo que surge en una crisis política que podía haberse resuelto de manera racional. En el trasfondo de estas crisis continúa el conflicto en Ucrania, el cual puede desembocar en una catástrofe difícil de imaginar.
Por otro lado, vivimos la tan anunciada postpandemia; sabíamos que la situación iba a cambiar de manera negativa e irreversible. Soy testigo, no solo en Guatemala sino en Canadá —lugar en donde resido— del impresionante aumento de precios de los alimentos. Pero mientras el gobierno canadiense busca soluciones, el guatemalteco solo exhibe la más indignante indiferencia. Asquea, por ejemplo, el indignante aumento salarial que se recetan las altas autoridades del Organismo Judicial.
El mundo necesita implementar cambios en diferentes áreas para encarrilar a la humanidad en un camino esperanzador. Estas transformaciones involucran a nuestra especie y, por lo tanto, precisan de nuestra participación —no solo como país sino también como individuos. Por lo tanto, lo que hagamos o dejemos de hacer incide en nuestro futuro más inmediato, y desde luego, en un globo que ya debe vernos como algo más que una sociedad violenta o un Estado fallido.
Creo que los cambios deben empezar —en Guatemala y cualquier otro país— por mejorar la comunicación entre los miembros de la sociedad. Alcanzar este objetivo demanda manejar con cuidado la tecnología digital que ha configurado nuestro entorno de manera profunda. Capacidades tan elementales como las de concentración y lectura se están perdiendo. En un libro reciente, Johann Hari subraya cómo la capacidad de concentración de los estudiantes universitarios norteamericanos es de apenas diecinueve segundos. Algo no muy extraño: vivimos en un mundo continuamente interrumpido por la industria de la atención. Asimismo, el encadenamiento a las pantallas ha creado una desconexión personal que suele llevar a la adicción y la depresión. Paradójicamente, la era de la información es la época de la desinformación.
Esta falta de conexión humana directa causa un tremendo impacto en la psique social. Vivimos en un mundo que cada vez se vuelve más difícil de entender, no solo por su complejidad, sino por la falta de concentración y análisis. Pienso que esta situación se puede revertir si dedicamos un buen tiempo a comunicarnos, a leer, a pensar juntos y, ante todo, a actuar con responsabilidad.
Este es un año de elecciones en Guatemala y, aunque el sistema no de esperanza para cambios radicales, se debe empezar con carácter de urgencia la transición mundial hacia un orden realmente humano. Viene a mi memoria lo que le decía el gran filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein a un alumno al momento de despedirlo: “¡Hagas lo que hagas, nunca dejes de pensar!”
Estoy razonablemente seguro que estamos viviendo una de las últimas oportunidades de cambiar el rumbo del país. Actuemos con responsabilidad y hablemos con los otros, para que la manipulación de que somos objeto se reduzca y podamos salir de la permacrisis que está robando el sentido de nuestra existencia.
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