Se fue Cristiano y el Manchester United encontró la calma. Con alivio y sin aspavientos, quejas ni lamentos de un jugador histórico que no supo gestionar el ocaso de su carrera, los de Stretford End hallaron el ecosistema idóneo para desarrollar un modelo, una idea, tras más de una década de fichajes caros y decepciones profundas. El inicio de campaña hizo justicia a su historia reciente y fue estrepitoso; vagando entre derrotas y con el foco público dirigido hacia el banquillo en busca de un primer plano portugués que explicara la catástrofe. Pero poco a poco, el plan de Erik Ten Hag comenzó a florecer. De Gea salvó partidos; Varane encontró encontró en Shaw su mejor socio en la zaga desde que pisó Inglaterra; Casemiro se convirtió en el líder absoluto del medio del campo; Eriksen, Fernandes y Rashford marcaron diferencias arriba; y los resultados llegaron. El Manchester United, al fin en puestos Champions, parecía haber vuelto a ser relevante. Asimismo, el United llegaba al derbi mancuniano con la autoestima que brindan seis triunfos seguidos. El City estaba a tan solo cuatro puntos; era el momento ideal para volver a ganar en casa a su ilustre vecino después de más de dos años sin hacerlo y engancharse a la difícil pelea por la Premier que encabeza el sorprendente Arsenal. En consecuencia, bajo las nubes del noroeste inglés, el tres veces campeón de Europa salió al verde sin los complejos del pasado, conteniendo el juego asociativo de los de Guardiola y saliendo feroz al contragolpe. El primer tiempo fue rojo, con un lúcido Eriksen en la mediapunta danzando entre líneas y con un pletórico Rashford rozando el gol en cada carrera a la esppalda de Walker. Ederson acertaba y el hijo de Old Trafford perdonaba a un City acostumbrado a salir contento de la casa del vecino. Comenzó el segundo tiempo y los visitantes, por primera vez en el mediodía, sintieron la confianza para desarrollar su fútbol. Las incisivas posesiones de Bruno, De Bruyne y Rodri embotellaron al United en su campo, le negaron el balón (y el aire) y el 0-1 se olía inminente. Lo hizo Grealish, de cabeza, a la hora de partido tras un centro maravilloso de De Bruyne, un centro tocado al corazón del área digno de ser repetido en bucle. Mientras el genial atacante de Birmingham celebraba con efusividad y tontería en el córner, el silencio reinaba en el centenario estadio local. Sin embargo, a pesar de los rostros de desazón en el personal tras presenciar como un equipo que estuvo bajo su yugo casi un siglo se subía una vez más a sus barbas, un United que ha recuperado su alma de equipo gigante no se dio por muerto. Casemiro, que mucho tiene que ver en este cambio de actitud hacia la grandeza, asistió a un Rashford en claro fuera de juego, pero el delantero inglés (que sí intervino en la jugada) no tocó el balón, llegó antes Bruno y puso el empate en el 79 ante las dudas de Akanji y Ake. Dos minutos después, el madrileño Garnacho, cuando parecía liarse ante Walker, sacó un centro raso a la media vuelta que el héroe local Rashford convirtió en gol. Sin rastro de Haaland, el City no generó más peligro sobre la meta de De Gea y se resigno hacia la derrota, la segunda consecutiva tras caer en la Carabao Cup ante el Southampton. El pitido final provocó el delirio en las gradas. Bajo un ruido ensordecedor, el United estaba de vuelta.