Ya es muy difícil imaginar otros cuatro años más de gobierno del crimen organizado en Guatemala. Sin embargo, enloquecidos por la codicia, las autoridades ilegítimas de Guatemala están empeñados en que esto suceda.
Para Camilo García, con solidaridad
La crisis política de Guatemala no puede entenderse al margen del preocupante devenir global, producto de una inestabilidad geopolítica planetaria. Esta se ha agravado por la casi infinita manipulación de las redes digitales, las cuales cada vez muestran amenazas más siniestras, que ya no solo se reducen a la vigilancia perpetua. Este ambiente tóxico se ofrece propicio para el desarrollo de movimientos autoritarios no pueden confundirse con las posiciones conservadoras.
Ya es muy difícil imaginar otros cuatro años más de gobierno del crimen organizado en Guatemala. Sin embargo, enloquecidos por la codicia, las autoridades ilegítimas de Guatemala están empeñados en que esto suceda.
Así las cosas, si alguien duda del empeño y resolución en hacer un fraude masivo en las próximas elecciones nacionales solo basta ver lo que ha sucedido en la Universidad de San Carlos de Guatemala. El nivel de descaro es francamente insoportable, como lo demuestra la asquerosa maniobra del “Consejo Superior Universitario” de expulsar al representante estudiantil Camilo García por llamarle a Walter Mazariegos, “usurpador”, la cual es una verdad evidente como el sol. La resistencia debe continuar por los medios que sean posibles. Con los criminales es muy difícil negociar, porque para ellos el diálogo es debilidad.
Es necesario comprender la resistencia universitaria en lo que vale. De otro modo, la corrupción seguirá penetrando cualquier rincón de nuestro deteriorado país. Hasta los padres que quieren que sus hijos no pierdan tiempo, deben protestar para que la Universidad cumpla sus fines; la academia es más que recibir clases para graduarse. La captura de la Usac es una anticipación de la imposición electoral que tratarán de ensayar los grupos que quieren defender sus intereses ilegítimos a toda costa.
Prueba de ello, es la “denuncia” contra Jordán Rodas, cuyo desarrollo en clave de guerra judicial, está pensada para obstruir su participación como candidato vicepresidencial del Movimiento para la Liberación de los Pueblos (MLP). Una denuncia insignificante puede ganar importancia cuando la mala fe desborda los corroídos cimientos institucionales, más aún cuando los culpables de los grandes crímenes de corrupción se ven absueltos de sus delitos. La guerra judicial en Guatemala nos está llevando, si no permanecemos vigilante y bajamos la resistencia, a los peores escenarios que se pueda imaginar —la insoportable situación de José Rubén Zamora lo demuestra.
Afortunadamente, los corruptos tienen visión de túnel. El camino a las elecciones, no obstante, puede verse obstruido por la aparición de rinocerontes grises. El sistema de opresión de la corrupción organizada no tiene garantizada, de ningún modo, sus mejores días. Un golpe profundo a sus intereses financieros los puede dejar atados de manos.
Muchos acontecimientos pueden pasar en este proceso electoral. El sistema de corrupción alcanza magnitudes de peligro geopolítico, pero igual puede colapsar. Hasta Washington debiera entender que existe un camino que lleva del crimen organizado al terrorismo. Ellos tienen en sus manos la posibilidad de detener el envalentonamiento de los criminales corruptos que, como una casa derruida, pone en peligro a los vecinos.
Sin embargo, no todo puede venir de afuera. El pueblo guatemalteco debe superar su impotencia, su desánimo y el miedo internalizado por una triste historia política. Es cierto que la inmediatez de los problemas bloquea el desarrollo de esa reflexión que puede hacer entender lo que realmente sucede. Pero ya basta de conformarse con laminitas, regalitos, abracitos y ofertas para ganar el poder. Los alimentos suben de manera exagerada; la salud es un bien que yo pocos pueden cubrir; pero estos problemas no se arreglan con una bolsita de víveres. Solo un Estado sano y refundado puede alcanzar mucho.
Estamos en un cruce de caminos fundamental que no puede interpretarse como otras “alegres elecciones”. Nada justifica la indiferencia hacia nuestro futuro: somos algo más que una fuente de recursos para ladrones y tenemos derecho a un futuro digno.
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