El desencuentro personal entrenador-estrella, evidente e irritante, un punto previsible, con pinta de irreversible, se había extendido ya por las oficinas, el vestuario, la grada, las redes, el bar y las tertulias hasta desembocar en una guerra civil insoportable que tenía envenenado y partido en dos al Atlético . Un conflicto finalmente tóxico, en el que ya no cabían posiciones intermedias (o con Simeone , todavía los más, o con Joao Félix ), al que urgía dar salida de una vez, ya fuera en forma de despido del uno, traspaso del otro o con esta especie de tregua de incierto medio plazo pero que igual ventila. Frente a un problema, una solución. Y una derrota. Porque esta ruptura, aunque fuera provisional, solo se puede interpretar como un rotundo fracaso que ensucia o retrata a las partes. Al club, que fichó para muy poco a un jugador de 19 años por 127,2 millones de euros, el mayor desembolso de su historia; al luso, que no ha respondido a las expectativas y además ha contestado su frustración con insinuaciones de indolencia y malas caras, y sobre todo al entrenador, incapaz de gestionar y aprovechar el talento de un futbolista diferente cuyas habilidades ha derramado constantemente por el suelo. Noticias Relacionadas estandar Si Fútbol Milinko Pantic: «Como Joao, yo sufrí entrenadores que no entendían mi fútbol» José Ignacio Fernández estandar No Atlético de Madrid 0 – 1 BARCELONA Un rato de Pedri y Gavi se merienda al Atlético José Miguélez Si al técnico se le atribuyen sin rechistar los méritos de los rendimientos extraordinarios de jugadores, hay que adjudicarle también la responsabilidad cuando los empequeñece o malgasta. El descalabro no tiene discusión. Quizás sí las razones. Y aunque los aduladores del Cholo sostienen que el portugués al final no era para tanto, y que además trabaja regular y subido, al fondo se atisba un patrón común del entrenador, y consentido, que rara vez le sale: su empeño en atraer futbolistas de técnica, regate y clase para castigarlos luego si reproducen esas cualidades a sus órdenes. Su obsesión es reconvertirlos a la fuerza en obreros de esfuerzo y músculo, soldados. Con Griezmann le resultó (y no necesariamente para bien). Con Joao está claro que no. Lo único que consiguió fue disgustarse y deprimirlo. Y el que perdió fue el Atlético. Hoy es peor que ayer.