El año comenzó laboralmente encendido. Con justas razones, muy visibles, por cierto. No se trata solo de la devaluación diaria de la ya inexistente moneda nuestra, el bolívar, por si acaso alguno desprevenidamente lo olvidó. Tampoco de la vuelta tan cercana a la hiperinflación. Ni siquiera es nada más que los miserables sueldos o el salario mínimo no llegan a alcanzar para la ingesta diaria de alimentos o al menos el transporte. Seis dólares al mes transformados en las escalas de sueldos de la administración pública o como referencia de la empresa privada ni a burla descarada llega. Pensemos que un dólar diario es la medida de la pobreza extrema y esto es menos de un dólar semanal. Hay más razones para la protesta encendida que hemos apreciado en todo el país.