El 'fiasco Cabrales' o el mangoneo político en el Banco de España

En España somos los más expertos en seguir tradiciones cuasi ancestrales como si tal cosa y sin visos de cambio, siempre con el preaviso en campaña, eso sí, del «puedo prometer y prometo» que queda después en el olvido más profundo e injusto cuando el que corresponda se apoltrona en el sillón presidencial. Y es que en este país son los partidos los dueños y señores de las instituciones, porque son ‘suyas’, no del Estado, ni mucho menos de los ciudadanos; pretender pues modificar antes un partidista sistema de designación de elegidos, dominado por el reparto de sillones en función de criterios políticos , es desconocer con qué país y con quiénes nos estamos jugando los cuartos. Así lo recuerda el profesor Rafael Jiménez Asensio –de lectura obligada, con reflexiones claras y concisas y con total independencia política sobre la perversión histórica de nuestras instituciones–, y lo escribía con maestría el historiador francés Pierre Rosanvallon en ‘La legitimidad democrática’: «una Corte constitucional (o cualquier otro órgano de control) debe encarnar estructuralmente una capacidad de reflexividad y de imparcialidad que quedaría destruida por la inscripción en un orden partidario». Y esto es precisamente lo que llevamos haciendo en España desde hace más de cuarenta años. En unos momentos más que en otros, y con más o menos descaro, si bien con la llegada de Pedro Sánchez al poder se ha elevado a la enésima potencia. Y es que el proceso de degradación al que el sanchismo está sometiendo a las instituciones no tiene precedentes conocidos en nuestra historia reciente. Y me temo que aún tiene tiempo para tocar techo, aunque nadie sea capaz de predecir hasta dónde está dispuesto a llegar. Aunque hasta donde deducimos hoy, líneas rojas para este presidente, cero. Quizás algunos habían llegado a creer que no se atrevería con ciertas sillas, pero conviene no minusvalorar nunca a alguien que ha interiorizado que lo puede todo y que sus actos no tienen consecuencias. Pues sepan que los arcángeles del sanchismo van anunciando desde hace un tiempo la revalidación electoral del amado líder –con la boca pequeña–, mientras a la par van minando el campo institucional por si algo saliera mal dejar los órganos clave del Estado preñados de estómagos agradecidos con los que hacer más llevadera la travesía por el desierto y dificultar los pasos del futuro en el poder, hasta hoy aún Alberto Núñez Feijóo. Ahora bien, en el PP hay una cosa que parecen no entender: Pedro Sánchez lleva en su ADN cien veces más de carga genética para atornillarse al poder de la que ellos presentan para acceder al mando. Y así les puede ir, y les está yendo con asuntos relacionados, por ejemplo, con el reparto del poder de las instituciones. Tradiciones no escritas que, por cierto, solo valen visto lo visto para el PP, porque para los chicos del PSOE, si eso, ya en otra vida. Así se entiende el reciente episodio del Banco de España , con un candidato del PP, Antonio Cabrales, que duró seis horas en el cargo, como nuevo consejero, tiempo suficiente para ganarse varias tribunas y editoriales elogiosos en la ‘brunete’ mediática sanchista para que Feijóo no dejara de equivocarse. Y es que la política tiene dos asas: una para lo sensato y otra para lo frívolo, y algunos han decidido agarrarla solo por la segunda al vivo grito de la moderación. Como moderadamente incomprensible fue cómo nadie vio el currículo del candidato antes de bendecirlo, aunque fuera preguntando al ‘ChatGPT’ o buscando en Google. ¿O lo sabía alguien y lo escondió? El caso es que quien propuso a Cabrales a Feijóo, y si se lo colaron o no –para la mayoría, ya que estamos, más próximo al PSOE–, se queda ya en mera anécdota, al margen a más de querer culpar del hecho al propio gobernador, que lo percibía como buen fichaje por su preparación académica, o a la encargada de pactar la renovación del consejo del Banco de España con Félix Bolaños, Cuca Gamarra, que se lo encontró hecho. Los dedos, eso sí, apuntan al nuevo asesor económico estrella del PP, Pablo Vázquez, recién nombrado presidente del ‘think tank’ popular Fundación Concordia y Libertad, que había coincidido con Cabrales en Fedea. Ahora que lo peor y más bochornoso, el virtuoso arte del dar la vuelta a la tortilla de los socialistas, que lo bordan. De hecho, el ‘meteysaca’ popular de Cabrales ha servido para que haya pasado de largo el nombramiento de la exjefa de Gabinete de Calviño, Judith Arnal, para ese segundo puesto de consejera en el Banco de España. ‘Superindependiente’ vamos. Ha sido tal la chapuza para unos, y la jugada maestra para otros, que si la vicepresidenta hubiese colocado a su marido, Ignacio Manrique de Lara –desaparecido desde que se vio obligado a renunciar al alto cargo en Patrimonio Nacional tras ser nombrado por la que fuera ex secretaria de Estado de Economía y compañera Calviño, Ana de la Cueva, de lo que, ¿ven?, ya nadie se acuerda– hubiese colado igual. ¿En serio somos tan pardillos? Sigue el asalto a las instituciones. Pero España va bien. Lo dice Tezanos. Y no lo duden: el clientelismo convierte a las instituciones en mera coreografía. Y sin instituciones sólidas, ni hay Constitución, ni hay país, ni hay democracia, ni hay confianza ciudadana.

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Author: Pablo Perez