Cuando le preguntaron a LaMDA, la herramienta de inteligencia artificial (I.A.) de Google, que cosas la asustan, esta respondió que tenía miedo profundo a que la apagaran y qué, aunque sonara extraño, eso sería exactamente como la muerte para ella. Y, aunque nadie probado que LaMDA sea consciente, su respuesta ejemplifica la creciente capacidad de las nuevas herramientas de I.A. para sustituir a los humanos en tareas creativas. Por ello, durante los últimos dos meses los avances en la I.A. generativa han desplazado a las discusiones sobre la pandemia de COVID 19 y la invasión rusa de Ucrania; sobre todo, por el sonoro éxito que ha tenido ChatGPT como un sustituto para los motores de búsqueda tradicionales, especialmente el de Google. Pero, más allá del sensacionalismo, lo importante de esta I.A. generativa es su potencial para desarrollar nuevas drogas, diseños moleculares, códigos computacionales y otros productos que se espera que revolucionen la nuestra calidad de vida y el funcionamiento de los mercados. La competencia por el desarrollo de inteligencias artificiales generativas más poderosas es una de las principales en el mundo. Este es nuestro presente y futuro y, por ello, los gobiernos de Estados Unidos y de algunos países europeos y asiáticos han prohibido la exportación de microchips y de equipo para su producción a China.
Pero, la comercialización de esta I.A. generativa también presenta riesgos para la evolución de la inteligencia humana, la democracia y la innovación. Algunos estudios sugieren que el mal uso de los teléfonos inteligentes y el creciente consumo de información “chatarra” vía medios digitales están generando una caída en el coeficiente intelectual de la humanidad. En las últimas dos décadas hemos visto el gran daño que los discursos de odio y la desinformación transmitida vía redes sociales han generado en algunas democracias. Y, la ausencia de mecanismos institucionales o de enforzamiento efectivo para proteger la competencia comercial y desincentivar prácticas monopólicas, oligopólicas que pueden arriesgar el desarrollo y comercialización ética de esta tecnología. Estamos en la víspera de una nueva revolución tecnológica, que nos puede ayudar a crear sociedades más justas y prósperas. Aún podemos tener esperanza si una herramienta como You.com nos recomienda que un buen presidente debe tener el conocimiento y la experiencia para liderar con integridad y visión, escuchar diferentes perspectivas y tomar decisiones basadas en lo que es mejor para su gente.
