El itinerario vital de Henrique Machado Zuloaga se desdobla en ejemplo visible de virtudes republicanas y un profundo sentido de la responsabilidad que le correspondió afrontar en diversos campos de actividad económica, en los que sin duda dejó un valioso aporte al desarrollo general del país. Fue un hombre decente en cuanto le vimos hacer o decir siempre, un empresario a carta cabal –de aquellos que arriesgan con sopesados criterios a la hora de asumir tareas de dirección y gestión de negocios, con genuina conciencia de la cuestión laboral al comprometerse en la búsqueda del bienestar de los trabajadores y sus comunidades, así como también sensatez y responsabilidad en lo tocante al impacto ambiental de la actividad industrial–, usualmente de pocas palabras, aunque agudo en sus reflexiones que hacían gala de honestidad intelectual, humor fino y apego a señalados valores –así lo encontramos repetidas veces en reuniones sociales y gremiales, en las que su respetable figura nunca pasaba desapercibida–. En el ámbito familiar fue un verdadero ejemplo de virtud y moral cristiana –el hogar doméstico que fundó junto a su inseparable Corina fue sin duda su mayor fortuna, extendida en la decorosa expresión de sus hijos y nietos–.