En junio de 1965, seis chicos del internado de Nukualofa, el St. Andrew’ s College, en Tonga, robaron un bote, lo llenaron de snacks y se echaron al mar en busca de aventuras. A ninguno se le ocurrió llevar una brújula siquiera. El mayor apenas tendría quince. Pensaban llegar a Fiji, pero se durmieron en la travesía y los despertó una tormenta. Pasaron ocho días a la deriva hasta que avistaron una isla rocosa sin la menor idea de dónde estaban. Quizás la palabra isla sea excesiva, parecía más bien una piedra tirada por Dios, que como sea era la salvación. Y como en El señor de las moscas (1954) de William Golding, los chicos deciden mantener un fuego perpetuo hasta ser rescatados. Pero ya sabemos lo que pasa en la novela, los chicos ingleses abandonan sus formas civilizadas y se agreden entre sí, tres de ellos mueren. En cambio los muchachos del St. Andrew’ s College hacen el pacto de cuidarse unos a otros y lo cumplen por un año y tres meses. Tiempo no exento de angustias, enfermedades y accidentes, como puede esperarse en un lugar tan inhóspito. Fueron rescatados, de milagro, por el capitán australiano, Peter Warner, el 11 de septiembre de 1966.