Pena de Muerte

La ley del talión termina siendo la vieja forma de hacer justicia.

Todas las tragedias que se viven a diario son tan crueles que muchas veces preferimos optar por lo más simple, lo que alivia la ira. Sin embargo, un Estado se construye con la razón y no solo desde el dolor.

De nuevo la pena de muerte en la palestra; de nuevo falsas soluciones sin entender la cepa del problema. Y ya son varios quienes la venden como cualquier objeto de mercado. Cuando lo que necesita una población lastimada son soluciones de fondo y transformación estructural.

La pena de muerte vive sus estertores porque los países civilizados tienen como credo invertir seriamente en una pacífica convivencia. La prosperidad destina grandes esfuerzos en fomentar el diálogo y dedicarse a la prevención. En educar a niñez y jóvenes para que crezcan como seres humanos íntegros y dignos (educación y más educación). Desaprender para volver a aprender una nueva cultura sin ningún tipo de violencia. En el planeta, el verbo “matar” hoy es sustituido por el verbo “prevenir”, “construir”, “formar”. Fortalecer el sistema de protección y fortalecer aquellas instituciones dedicadas a ello. 

La pena de muerte es un camino demasiado “ingenuo” para escapar de la violencia que padecemos; una disculpa para no afrontar sus causas reales. Una máscara de supuesto “orden” y “castigo” que no hace más que ocultar incapacidades. 

La pena de muerte es signo de atraso y no tiene poder disuasorio sobre la delincuencia. No es solución. Simplemente desvía las posibilidades de proporcionar acciones efectivas como políticas sociales de inclusión; más seguridad ciudadana (policías, controles); más seguridad jurídica (juicios eficientes y justos, mejor sistema penitenciario) y, sobre todo, seguridad humana que garantice a todas las personas una vida digna. Toda ejecución es un acto brutal que deshumaniza y disminuye el valor que la sociedad atribuye a la vida humana. Un Estado democrático no puede, no debe recostarse en ella. Además, injusticias se han cometido al aplicarla equivocadamente. 

Conclusión: la pena capital no educa ni sustituye, solo nos hace más violentos. Son soluciones retóricas para un problema tan serio como lo es esta cultura de barbarie, porque solo terminan enfrentando el mal con el mal.







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Anabella Giracca

En el campo de la lingüística y los derechos humanos con énfasis en pueblos indígenas y niñez. Licenciada en Letras y Filosofía. Autora de cuentos infantiles traducidos a idiomas mayas. Ha publicado Demasiados secretos (Alfaguara, 2009 y Punto de Lectura 2014), Sanjuana (Alfaguara, 2012), El enigma del santuario (Alfaguara juvenil, 2014) y Gitana mía (Alfaguara, 2015).

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Author: Maria Suarez