Realidad Nacional y superoptimismo

El estribillo de hoy es la euforia tributaria, y se dice a diestra y siniestra que “hemos por fin superado la carga tributaria recomendada en los Acuerdos de Paz”. ¿Qué quiere decir esto?

Interesante y de amplia concurrencia resultó el evento organizado por el Departamento de Investigaciones de la División de Ciencias Económicas -DICE- del Centro Universitario de Occidente -CUNOC- de Quetzaltenango. Participé junto al Maestro Moisés Gómez en el análisis de la realidad económica de Guatemala 2023.

El mismo puede se puede consultar en Facebook Live Cunoc/Usac.  Me permito hoy ampliar un tema expuesto, basado en un artículo que publiqué en la revista Manera de Ver del IPNUSAC y que lleva como título: “La alegoría discursiva de la economía: más allá de Pangloss y Casandra”.

Desde la primera edición de “Cándido o el Optimismo” de Voltaire, allá por 1759, el tema del superoptimismo viene siendo parte de las inquietudes de comunicadores, analistas sociales y políticos y del gran público en general. Nos referimos principalmente de ese discurso a veces poco sensible de las autoridades oficiales y de sus burócratas. Así el término “panglossiano” adquiere de nuevo vigencia y en nuestro medio es evidente al oír tanta palmadita en la espalda entre los mismos.

En la citada novela volteriana se hace ficción de desastres tan espantosos como el gran terremoto de Lisboa, en donde Cándido se reencuentra con su amada Cunegunda, después de haber sido echado de un hermoso castillo de Westphalia y de pasar tremendas vicisitudes en el campo de la guerra de los siete años, que dicho sea de paso es un preámbulo sanguinario de las guerras mundiales y de los graves conflictos europeos de siglos posteriores. A juicio de Pangloss todos esos males son parte de aquellla fórmula TINA “There is no alternative” (no hay alternativa).

En el castillo Cándido fue discípulo del Doctor Pangloss, que enseñaba la metafísico-teólogo-cosmolonigología apuntalada por aquella postura de que “las cosas no pueden ser de otro modo: porque estando hecho todo para un fin, todo está hecho necesariamente para el mejor fin”.

Nuestras autoridades oficiales y sus perfumados burócratas, insisten en que la exitosísima macroeconomía nuestra tiene un fundamento estructural de más de veinte años, que son precisamente los mismos en que se ha mantenido un tipo de cambio más que estable, sostenido principalmente por las remesas familiares y otros ingresos de dólares poco ortodoxos, que siguen siendo un tabú para la contabilidad nacional y el registro de transacciones con el resto del mundo en la balanza de pagos del país.

Estamos de acuerdo que no es aconsejable predecir el pesimismo del desastre, pero el mundo objetivo -hasta en el seno de las mejores familias- siempre exige, primero, basarse en catársis para corregir rumbos de acción. Es por ello que incluso los psicólogos clínicos advierten de que el superoptimismo es una estrategia de defensa y que lo aconsejable es ser sanamente optimista, lo cual conlleva innumerables lecciones para la discusión social y colectiva democrática.

El fanatismo es entonces toda una enfermedad de nuestro tiempo, y ocultar una endeble y riesgosa realidad macroeconómica, sostenida con el sudor  de la diáspora, no sólo es un grave error, sino una mezcla de hipocresía y de cinismo  en estos tiempos. 

Ello dio origen a incontables conciliábulos entre sabios economistas de todos los colores para llegar a una conclusión ya entrado el primer lustro del nuevo siglo luego de analizar las interioridades de las cifras del famoso PIB siempre manejado por el Banco de Guatemala, y la meta que se fijó en la recalendarización fue de un 12 por ciento para el año 2002. Cabe aclarar que a partir del citado Acuerdo de Paz se convocó a un Pacto Fiscal, que le puso carne a las normas generales y planteó toda una plataforma de trabajo en temas de gastos e ingresos, lo que poco se ha cumplido durante estas últimas dos décadas.

Quién iba a pensar que luego de más de veinte años de pasadas estas intenciones que iban acompañadas de un programa ambicioso de acciones estatales tendentes a fortalecer la democracia y una sociedad más justa, la ahora tan famosa “carga tributaria” se lograra gracias a la abundancia de remesas, importación y consumismo, a la presencia de precios inflacionarios y también de algo que es de aplaudir que es la modernización digital de la captación de ciertos impuestos que, dicho sea de paso, ya estaba bien recomendada en el Pacto Fiscal y el Acuerdo Marco referido.

Más podríamos abundar sobre este polémico tema pero el espacio de esta columna no da para mucho, pero es fundamental revisar la historia y no dejarse obnubilar por declaraciones ligeras que tienen bastante de ahistórico y buena dosis de demagogia y superficialidad.







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Édgar Balsells

Investigador del Área Socioeconómica del IPNUSAC. Interesado en la acción colectiva

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Author: Maria Suarez