Una crisis profunda se produce cuando el actuar institucional es nefasto y lo que se hace por parte de las autoridades impide que el pueblo goce de sus derechos y pueda encontrar la vía del desarrollo.
Francisco Franco gobernó España por casi cuatro décadas. Su dictadura de mano extremadamente dura se caracterizó por graves violaciones a los derechos humanos, corrupción, abusos y la concentración de todos los poderes, algo que impidió que las instituciones funcionaran de forma eficiente e independiente en beneficio del pueblo español.
Con su muerte en 1975, retorna la monarquía con el rey Juan Carlos y vuelve también la democracia. Lo malo es que para entonces había daños profundos que sumían al país en una crisis política, económica y social, marcada por confrontación, carencia de justicia y funcionamiento institucional, así como una limitada libertad de expresión y de prensa, producto todo, de la época del franquismo.
En 1977 el caos parecía el destino de los españoles. En ese momento surge la figura del presidente de Gobierno, Adolfo Suárez, quien promueve lo que se conoce como Pactos de la Moncloa, que encauzan al país por la modernidad e incluso superan todos los obstáculos de orden económico, político y social, hasta lograr el ingreso a la Unión Europea en 1985, algo impensable con los estándares de la dictadura y lo sucedido inmediatamente después.
Dichos pactos –dos– se enfocaron en establecer un sistema político eficiente, mejorar la justicia y buscar soluciones para los anhelos de la población, que esperaba mejores resultados de la democracia. Para ello se tuvo la participación de todos los sectores importantes y se incluyen los intereses de las diferentes corrientes, pero anteponiendo sobre todo, los objetivos que motivaron aquella búsqueda de soluciones.
El primer paso lo dio Suárez al reconocer la existencia de una crisis profunda. Bien se dice que el primer paso para arreglar un problema es reconocer su existencia. Así caminó España para convertirse en lo que es hoy, uno de los países más influyentes dentro de la Unión Europea.
Traje el tema de los Pactos de la Moncloa a colación para que veamos lo que ha sucedido en la Guatemala de hoy, cuando vivimos una profunda crisis que nos mantiene en medio del caos social, la putrefacción de la corrupción y la impunidad, además de carecer del debido funcionamiento institucional.
No hay en el país independencia entre los poderes del Estado y, sin que exista un dictador como tal, se sufren las consecuencias de una dictadura marcada por el sistema político que ha dejado de ser funcional para construir democracia y, sobre todo, para responder a los anhelos de la población.
Hay cierto paralelismos y similitudes entre la Guatemala de hoy y la época inmediatamente posterior a Franco en España: la desconfianza intersectorial, el abuso de los poderosos, el anhelo del pueblo en materia de desarrollo socioeconómico, la sed de justicia, y la frustración porque la democracia no produce los beneficios esperados, son algunas de esas coincidencias.
Para que la Guatemala de hoy llegue a lo sucedido con los Pactos de la Moncloa hacen falta muchos factores. Aquí ni siquiera se reconoce la existencia de una crisis. Por el contrario, el presidente Alejandro Giammattei y sus funcionarios y cercanos colaboradores o aliados, no dejan de repetir que estamos mejor que nunca.
Allá se tuvo que actuar, puesto que había un sentimiento generalizado a favor de la búsqueda de algo mejor. Existía una presión social fuerte. Aquí la llamada voz del pueblo ha perdido fuerza, ha perdido determinación, pues las masas se encuentran sumidas en la desesperanza, confusión, desinformación y miedo.
Recordemos que la fuerza ciudadana fue la que provocó en 1944 la caída de Ubico y del ubiquismo. La Revolución del 20 de Octubre fue producto del valor de un pueblo cansado de la tiranía, la injusticia y la falta de libertades. En 2015 un movimiento ciudadano pone la puntilla a la caída del presidente Otto Pérez y su vicepresidenta Roxana Baldetti.
Este sistema político imperante en nuestro país, responsable de la crisis, ha sufrido –como sufren las dictaduras también–, un gran desgaste a lo largo de poco menos de cuatro décadas, por cierto, casi el mismo tiempo que permaneció Franco en el poder. Durante ese tiempo, el pueblo ha sufrido atropellos, sobre todo, han sido desatendidas sus necesidades de educación, salud, oportunidades de trabajo, justicia y, en términos generales, todo lo que acompaña al auténtico desarrollo.
Estamos en medio de un proceso electoral que, en una democracia funcional, debiera servir simplemente como un ejercicio democrático para elegir nuevas autoridades y retomar nuevos aires para seguir adelante en busca del progreso.
Pero no, eso no está ocurriendo. Aquí el sistema político pretende continuar con más de lo mismo, aunque cambiando cara del gobernante y del partido oficial.
De hecho, el tribunal Supremo electoral ya ha dado muestras de que no es confiable. Si se suma que la ley y el reglamento son un auténtico desastre, pues no se puede esperar demasiado del resultado que se pueda tener en las urnas.
Seguro que se puede salir del entuerto. Se requiere aceptar que hay crisis, visión de país, participación ciudadana y determinación, mucha determinación.
Seremos los propios guatemaltecos – y quizás con algún líder positivo a la cabeza–, quienes decidamos el cuándo y el cómo. La historia muestra que los cambios siempre llegan. Pueden tardar… ¡pero llegan!
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