Varados por un pinchazo, en pleno toque de queda, en la carretera de Leópolis a Nicolaiev

En la carretera secundaria que comunica Leópolis y Nocolaiev, la E-50, la comunicación de los ‘walkie-talkie’ del primer todoterreno y de la furgoneta de la ONG Help to Ukraine (HTU) se activó: «Chicos, chicos. ¡Daniel y Juan! ¡Parad! ¡Hemos pinchado!». Desde el tercer y último coche que compone la caravana, Javier Fernández, uno de los fundadores de la organización, avisaba al resto de cooperantes de la avería de la furgoneta amarilla fosforescente que hace unos días salió desde Oviedo con cuatro toneladas de ayuda humanitaria para Ucrania . Noche cerrada en Nemirov, el reloj marcaba las nueve. Faltaban dos horas para el toque de queda, que desde el inicio de la guerra está estipulado a las once de la noche. El tiempo ya jugaba en nuestra contra porque nos faltaban tres horas para llegar a Kropivnitski, donde haríamos noche hasta llegar a Nicolaiev . Los chalecos reflectantes de la ONG y un pinchazo más que visible, llamó la atención de varios conductores de camiones que descansaban en la estación de servicio. La rueda y la llanta tenían muy mala pinta. «Vamos a ser optimistas y a ver si hay suerte», dijo Héctor Davó , uno de los cooperantes. «Hemos contactado con un taller que está a unos kilómetros de aquí y vamos a acercarnos», afirmó el diputado de Ciudadanos, Miguel Gutiérrez, que lleva desde el inicio de la guerra colaborando con la ONG. Noticia Relacionada estandar No Biden y Zelenski sellan en Kiev la alianza de Occidente frente a Rusia Rosalía Sánchez El presidente de Estados Unidos ha llegado hace unas horas a la capital de Ucrania, donde se ha reunido con Volodímir Zelenski Mientras Miguel iba y volvía junto a Carlos Fernández, el otro fundador de Help To Uckraine, e Irina Ganza, una de las traductoras, Javier Fernández intentaba decidir qué hacer. «Si la rueda funciona, continuamos hasta Kropivnitski . Si no sirve, tendremos que buscar un plan B», decía. En la gasolinera Después de ocho horas de coche desde Leópolis, las fuerzas del grupo comenzaban a flaquear. A 3 grados bajo cero, nos hacíamos fuertes en el bar de la gasolinera a base de infusiones de frutos rojos y menta. Agradecimos que el pinchazo no nos hubiera pillado a campo abierto. La fotógrafa, Eugenia Morago, compró un tubo rojo de patatas Pringles. Afuera, Juan Partearroyo y Daniel Ordóñez aceptaban la ayuda de un camionero ucraniano que levantó la furgoneta con gato hidráulico. Al rato llegaron Miguel, Carlos e Irina con una rueda nueva. Los encargados del desguace no quisieron cobrarnos la rueda. «Con lo que estáis haciendo por nuestro país, yo no puedo cobraros por una rueda», les había dicho el dueño del desguace. En el bar y junto a la furgoneta, los locales se acercaban para interesarse por nosotros. «Llevamos casi un año sufriendo mucho, pero esta situación nos ha unido mucho a los ucranianos. Ha generado un vínculo que nos va a marcar para siempre como país», explicó Zoia Zhemikovska, la otra voluntaria de HTU. Ella siempre ve el lado positivo de las cosas. Una predisposición que es la misma que se respira en todo el país. Una actitud de entrega, ayuda a los demás y compañerismo que les empuja a tener un arrojo que no les permite rendirse en tiempos de guerra. ¿Dónde dormir? El peor de los presagios se cumplió: la rueda continuaba sin servir. En ese momento, Irina tomó las riendas del grupo. Eran ya las doce y cuarto de la noche. Fuera del toque de queda, debíamos tomar la decisión sobre dónde dormir. Llamó a un hotel cercano y nadie respondió al teléfono. «Vamos a acercarnos y llamamos a la puerta» , decidió Javier. A pocos metros, en la rotonda de la estación de servicio, las luces del motel Troya estaban apagadas. Irina y Javier llamaron a la puerta. Cri-cri. Nadie contestó. Arriba del todo, una luz se encendió en medio de la oscuridad. Una mujer abrió la puerta e Irina entró rápidamente. No hay nada que ella no consiga. A su señal, cargamos con las mochilas y entramos. Unas escaleras de mármol franqueadas por una barandilla con florituras de hierro, nos condujeron hasta la tercera planta. Interior del motel de carretera ABC   En las paredes, junto al gotelé fucsia, espejos antiguos, efigies y cenefas griegas de corchopán pintado de color dorado. Las cortinas eran de raso rojo y de encaje brillante blanco. Poliéster calentito. En la planta baja, mesas de restaurante. En la segunda, un espacio para fiestas de carretera. Las habitaciones estaban en el último piso. Las ocupamos todas. Las cortinas -de raso rojo y de encaje brillante blanco- de las ventanas de la escalera eran las mismas que las de las habitaciones. Los tejidos, que eran iguales que los de la cama, evocaban tiempos mejores. Como las alfombras y las tapicerías de los sofás de los salones que había en cada habitación. Aquellos tiempos de paz, de jaleo, juerga y noches desenfrenadas, que todos en Ucrania confían en que volverán pronto.

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Author: Pablo Perez