Pasados más de veinte años algunos de aquel debate llenos de canas, vaya usted a saber cómo, se juntaron en un café caraqueño en 2022 y se preguntaron por qué a los dos países les fue tan mal.
Un empresario guatemalteco asistió a una reunión de políticos y empresarios en Caracas y se quedó hablando con el comandante Hugo Chávez, recién electo presidente en 1998, rodeados de otras personas: el guatemalteco le dijo que su grupo empresarial, el Cacif, impulsaba con fuerza el neoliberalismo impulsado por Washington, e incluía la privatización de las empresas públicas, el libre mercado y la democracia liberal. El altivo Chávez le replicó que él apostaba, en cambio, a favor del estatismo y la nacionalización de los bienes públicos, de la industria petrolera y minera, y de la educación estatal. Luego de un duelo verbal, sin poder convencer el uno al otro de las bondades de sus ideologías, terció un razonable mediador y les soltó con una buena sonrisa: pues, señores, por qué no esperan veinte años para ver quién de los dos tiene la razón. El guatemalteco estuvo de acuerdo para así zanjar el impasse de opiniones muy convencido que con su receta Guatemala se convertirá en un nuevo Singapur, mientras Chávez infló el pecho y elevó el mentón y aceptó el desafío, seguro que Venezuela al seguir el camino cubano sería a futuro el paraíso de los trabajadores del campo y la ciudad, de los profesionales y empresarios, con una Venezuela que sabría redistribuir los ingresos petroleros a los pobres.
Sucedió que el militar Hugo Chávez gobernó una década con los precios altos del petróleo, en el país con más reservas de crudo del mundo, y murió creyendo que tenía razón. Sin embargo, cayeron los precios y sus herederos políticos crearon la dictadura militar, cómplice del narcotráfico, y destrozaron la rica Venezuela que se vino a menos como su producción petrolera, casi sin producción agrícola, con gran desempleo, falta de servicios de salud y educación al punto que un veinte por ciento de su población emigró hasta el presente. La oposición desunida de derechas nunca logró derrotar a la dictadura en las urnas. De manera parecida Guatemala caminó como el cangrejo con una partidocracia que le hacía los mandados a la élite, al narcotráfico, a los generales, en retroceso en todos los sectores sociales y, con gran desempleo, por igual su gente emigró al norte al por mayor, al punto que gran parte de los que se quedaron viven de sus remesas, sin trabajo ni futuro, bajo una dictadura que pervive porque la oposición tampoco se ha unido para barrer a los oscuros.
Pasados más de veinte años algunos de aquel debate llenos de canas, vaya usted a saber cómo, se juntaron en un café caraqueño en 2022 y se preguntaron por qué a los dos países les fue tan mal. El más lúcido dijo, por un lado, que acá se debía a la dictadura de Maduro, un presidente títere de la dictadura populista apoyada por la jerarquía militar, mientras se paga a pastores para que secunden al régimen. Eso mismo pasó en Guatemala, dijo quien fuera embajador en ese país, pues allí también hay otra dictadura de hecho con un gobernante títere que da “fachada democrática” al régimen, con una élite neoliberal plegada a las mafias de narcos, que han cooptado los tres poderes del Estado, a militares, pastores y políticos, con una economía “atrapada” y oposición dividida de izquierdas. Esas roscas en el poder han asestado el golpe fatal a sus estados fallidos, haciendo ricos a unos pocos, y dejando en la pobreza a la gran mayoría.
“Moraleja”, dijo uno con voz grave, “dos países con sistemas diferentes, pero con el mismo pésimo resultado, lo que enseña que no es por la ideología que un país va camino al desarrollo. Y recordó al modernizante Deng Xiaoping, quien pregonó por el pragmatismo y en contra de la ideologización de Mao que llevaba a China al desastre: “Ziaoping priorizó el empirismo y aseveró que la práctica es el único criterio para juzgar la verdad, o sea, lo que funciona. Eso hay que hacer en nuestras sociedades: si el régimen no funciona pues hay que cambiarlo. ¿Y al corrupto? Pues fusilarlo como hace el país asiático”. Otro agregó: “También es culpa de la oposición, porque si no se une, seguirá el Estado fallido de Maduro y de quien relevará a Giammattei.
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Fernando González Davison
FGD, guatemalteco (1948), abogado, con estudios de desarrollo económico en las universidades de París y de Ginebra. Fue profesor invitado de las universidades de Estocolmo, Tulane y Georgetown. Embajador en Japón, Singapur y países sudamericanos. Ganador del Premio Guatemalteco de Novela (1987) y Monteforte Toledo de Novela (2000). Entre sus mejores novelas históricas están Oscura Transparencia, la caída de Árbenz, La montaña infinita y Los peores días, editada por Alfaguara.