Hace unos días pude participar en una conferencia sobre el impacto que tienen las redes sociales en la formación del pensamiento. Nos presentaron algunos rasgos que definen un entorno virtual que ha impactado negativamente en la vida de muchas personas, principalmente los más jóvenes. Entre las distintas explicaciones sobre este impacto, me llamaba la atención la existencia en este entorno de interpretaciones que no son verdaderas, sino formas de responder a nuestros deseos más personales, entre ellos, nuestro deseo de ser alguien “ante los demás”.
El ser humano se construye bajo la mirada de otros, ya lo decía hace algunos años la antropóloga Sherry Turkle. La mirada de los demás nos afecta enormemente, hasta el punto de influir en nuestro comportamiento y en muchas de las decisiones que tomamos. Sin embargo, parece necesario reflexionar para aceptar que la mirada de los demás no nos define, ni tampoco debe conducirnos hacia donde no queremos ni debemos ir. Pensar que nuestra realidad puede y debe variar conforme a la aceptación que conseguimos en un entorno virtual, donde podemos ajustar, superficialmente, algunos de nuestros principales rasgos identitarios (como, por ejemplo, el rostro), es un engaño que no nos puede conducir hacia la felicidad.
Con esto no pretendo decir que la visión que los demás tienen de nosotros sea irrelevante o que no aporte algo a nuestro conocimiento personal; al contrario, gran parte de este conocimiento depende ciertamente de la visión que tienen quienes nos rodean. Sin embargo, lo que sí me gustaría expresar es que esta visión de los otros no construye ni define nuestra identidad, nuestro ser personal. Según mencionaba un filósofo español, la persona se define porque es poseedora de un mundo interior que no es visible desde fuera, de un mundo que solo ella conoce, y nadie más que ella, si no quiere darlo a conocer.
Es cierto que en muchas ocasiones no nos vemos o no nos sentimos como nos gustaría ser, y en esos momentos las miradas y acompañamiento de quienes tenemos alrededor pueden servirnos de impulso para seguir adelante. Sin embargo, no deberíamos de aceptar cualquier mirada, cualquier opinión o sugerencia que nos lleve a apartarnos de la realidad, de nuestra realidad personal, aparentemente imperfecta, pero llena de sentido.
Por tanto, ¿qué miradas son las que realmente tendrían que influir en nuestro comportamiento habitual y en nuestras decisiones más importantes? Pienso que únicamente tendrían que importarnos las miradas de quienes nos conocen más profundamente, y quienes quieren nuestro bien. El cariño de nuestros padres, amigos, nos ayuda a asegurar nuestros primeros pasos en la vida, aunque incluso, a la larga, la experiencia muestra que este amor es insuficiente. Por ello, resulta necesario descubrir una mirada aún más profunda, la de otro Ser que es superior, quien nos ha creado y que nos quiere como somos, incondicionalmente, y quien no exige de nosotros cambios que dañen nuestra integridad.