Hubo un tiempo cuando militares venezolanos, en general bien calificados en sus carreras, se dedicaron a borrar los retazos del gomecismo –y del caudillismo en general- que había sido el lapso entre la muerte de Bolivar en Santa Marta, con una camisa prestada, y la de Gómez sin poder orinar y con el miedo de la inmensa mayoría de los venezolanos.