A los chicos de Bruselas les chirría desde hace tiempo ya, con cada vez más estridencia en fondo y forma, las ínfulas intervencionistas de Pedro Sánchez mientras inversores y grandes empresarios se han apresurado a transmitirles, aprovechando el golpe del ‘caso Ferrovial’, su profundo malestar ante el constante ataque a la seguridad jurídica que campa a sus anchas por el país de la piel de toro. Poca gracia les hace ya a nuestros mayores europeos todo lo que le rodea al presidente y a los suyos. Lo último de lo último, las risas contenidas de su homólogo francés, Emmanuel Macron, que se está hinchando a comprar energía barata a cambio de un ‘yo sí te apoyo, Antonio’, algo que para su desgracia ha llegado a oídos europeos y se han plantado. El caso es que Sánchez se queda solo (con tilde y sin ella) con su plan energético, como demuestra un documento europeo caído en mis manos –que aún podría someterse a cambios antes de su publicación el 16 de marzo– que echa por tierra la reforma del sector eléctrico presentada por España que pretendía convertirse, en otro rapto de intervencionismo de los suyos, en el principal vendedor de energía. La ideóloga del plan, Natalia Fabra, la ‘hijísima’ de Jorge Fabra, presidente de REE con Felipe González. Noticia Relacionada estandar No Las eléctricas critican la reforma energética propuesta por el Gobierno porque genera «incertidumbres regulatorias» Javier González Navarro Frente a los pretenciosos sueños de Sánchez, pues, el planteamiento europeo no apunta en la dirección de una reforma en profundidad del mercado, tal y como defiende España, sino hacia una modificación parcial y quirúrgica sobre el mercado existente, basado en el sistema marginalista de fijación de precios. Y al no ser una propuesta rupturista, si no que construye sobre la base ya existente, se alinearía claramente con posiciones ‘frugalistas’ –Alemania y otros Estados miembros del centro y norte de Europa–, y, ojo, con Francia, pero de tapadillo y sin que Sánchez se pispase. La reforma –según este aún borrador– se centra, entre otras medidas no alineadas con la española– en los contratos a plazo para la generación de energía limpia o baja en emisiones de gases de efecto invernadero, ya sea renovable, ya sea nuclear –claro logro del ‘sociolisto’ francés–, que al final limitará mucho la capacidad de venta de España de hidrógeno verde. Rosa sobre verde, pues. Lo cierto es que a Sánchez, en esta aventura, sólo le apoyaba en Europa, a priori, Macron, que no solo le compra ya a muy buen precio energía a España, sino que de paso recibe subvenciones por el tope del gas (600 millones de euros como mínimo). Es más, el francés está consiguiendo que nuestro país pague la interconexión (65%) al tiempo que se aprovechará del ‘archicacareado’ proyecto del Gobierno español H2MED vendiendo hidrógeno rosa procedente de nucleares. Alemania, silente, aguarda su momento y deja que los otros dos se la peguen, porque la propuesta de la CE de intervención parcial encaja con la suya. Así, la Comisión podrá declarar una crisis de precios de la energía regional o nivel UE cuando se den precios muy altos en los mercados de la electricidad por encima de la media de los últimos cinco años; con incrementos sustanciales de los precios al por menor si se espera que continúen al menos seis meses; y, en este caso, permitirá ayudas a las pymes subvencionando precios hasta un 80%. Un documento que, tal cual está escrito hoy, favorece a países con mejor equilibrio presupuestari o (Alemania), con capacidad real para ayudar a empresas y ciudadanos en crisis, y no, por tanto, a los del sur (España, Italia y Portugal) que apoyan una intervención en la formación de precios, como lo hecho con el mecanismo ibérico. Y mientras Europa pone coto a las pretensiones sanchistas de puertas afuera, tierra adentro se le complica la situación con las empresas denunciando inseguridad jurídica y la CEOE advirtiendo de la voracidad recaudatoria de un Gobierno quemando combustible para alcanzar la pista electoral de diciembre sin tren de aterrizaje. El panorama es bien sombrío. Aquí la auténtica excepción ibérica es el cerco a los empresarios, el olvido a los autónomos y la tomadura de pelo al votante en general con proclamas de antaño que ya no sirven para atemorizar a nadie. Muy mal deben de estar en La Moncloa, justo ahora que se frotaba las manos pensando en la presidencia rotatoria europea como trampolín electoral, que no consiguen remontar en los sondeos, a pesar de los aderezos del CIS de Tezanos, para recurrir a la fotografía de hace 28 años del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, al timón. Cortocircuitados y peligrosos como un cable pelado al que nadie se quiere arrimar. Solo se queda en Europa, y solo se quedará en España . Relean la propuesta del ministro Escrivá el viernes, que dice haber pactado con Bruselas, y esta dice que vale, pero que se lo explique a quienes corresponda, que alguien la tendrá que pagar. De hecho, dispara las cotizaciones de los trabajadores con los salarios más altos, que son los mismos ejecutivos de dirección a los que fríe con tipos fiscales confiscatorios que, al final, dejarán de venir a España en favor de Lisboa, Berlín y Ámsterdam. Inmediatamente después saldrá a decir que nos hacen falta patriotas, lo que en su idioma significa profesionales formados en la excelencia que corran entusiásticamente a trabajar diez meses para el Estado desde la empresa privada y que aplaudan con las orejas cada distinción del líder carismático de Moncloa. Le costará encontrarlos. Parece que, por ahora, las únicas energías y luces del PSOE son las de los neones del Tito Berni.