Durante mucho tiempo, la sociedad guatemalteca se ha preguntado por las causas de
su inmovilidad ante los abusos grotescos del gobierno de Giammattei y su corte de
delincuentes. Quizás por esta inactividad, el Pacto de Sociópatas, ya no solo de
corruptos, ha decidido montarse a la ola de la autocracia mundial. Se aprovecha de esa
fuerte depresión política que agobia a la sociedad guatemalteca con un fatalismo
vergonzante. Para muchos, sin embargo, resulta insoportable asimilar el exagerado
poder que la fascista Fundaterror, apoyada por delirantes miembros de la oligarquía
guatemalteca, ejerce sobre nuestra sensibilidad lastimada.
Vivimos la propia versión de una pesadilla global. En Europa las políticas de austeridad
han llevado al resurgimiento de movimientos fascistas, como lo ha puesto de relieve la
académica Clara Mattei. La desesperación que oscurece las perspectivas políticas
debe, desde luego, alcanzar un nivel mayor en América Latina, un continente de
desigualdades y exclusiones fundacionales. Apenas puede describirse la trama de
corrupción e indignidad que llevó al poder a un personaje tan abiertamente
desequilibrado como es el caso de Jair Bolsonaro—el equivalente latinoamericano del
narcisista Trump.
Centroamérica, con la posible excepción de Costa Rica (no hay que ignorar las críticas
contra su gobierno) y por el momento Honduras, ha acelerado el paso para
desmantelar sus débiles instituciones y dar un paso adelante en el establecimiento de
las dictaduras. Nicaragua se ha consolidado ya como una vergonzosa autocracia y, sin
duda, las medidas de Bukele ya anuncian a un personaje dictatorial, aun cuando, como
alguna vez lo dijo, se considere el dictador más cool del mundo. Su carta de apoyo es
la mano dura, política inefectiva para combatir la criminalidad, pero idónea para
conseguir votos.
El punto que permite el ascenso de los sociópatas es la desesperación de las
poblaciones lo cual las hace presa fácil de la manipulación—rasgo notable de los
afectados por ese problema de personalidad. La gente busca explicaciones fáciles para
problemas como la crisis económica o la violencia cotidiana y, por lo tanto, prefieren
interpretar su problemática por ideas simplistas que no resuelven nada.
Los rasgos ya preocupantes de estos desequilibrados “políticos” —a menudo evidentes
en su carrera— empeoran con el ejercicio del poder. En un ambiente tóxico, en el que
no existe una jerarquía basada en el mérito, solo triunfan los que no tienen escrúpulos.
Surgen “líderes” sin principios, con una ambición que no conoce límites, con un
narcisismo evidente y, ante todo, capaces de manipular sin ningún miramiento. Al lector
no le costará identificar a algunos y algunas de estos personajes. Lamentablemente,
estas personas impresentables mantienen un liderazgo que solo puede explicarse a
partir de la crisis política, económica y moral que vive nuestra sociedad.
Con Giammattei aprendimos lo que es tener a un sociópata en la presidencia. Antes
habíamos sido testigos de la ridícula degeneración del mediocre Jimmy Morales. ¿A
qué podemos condenarnos ahora si no ejercemos nuestra ciudadanía de una manera
digna?
Hasta la Universidad de San Carlos se ha visto gobernada por un mafioso que se hace
acompañar de individuos que pueden ser descritos hasta de psicópatas. Debe
preocuparnos la actual putrefacción que devora a una institución que debe pensar los
caminos del futuro.
Nada está escrito, pero es más que claro que la ciudadanía está perdiendo una
oportunidad de cambiar el rumbo del país. Es de lamentar que candidatos que se
precian de mayor conciencia social se preocupen por sus cuotas de poder antes que
por el bien común. Es necesario que, en medio de circunstancias adversas, busquemos
una propuesta seria e inclusiva que derrote a la extrema derecha. Ya pocos dudan de
que un gobierno de derecha extrema terminará por llevar a Guatemala al colapso final.