Mi viejo –Oscar Marroquín Milla– era periodista, político y un guatemalteco preocupado por el país. Siendo nosotros una gran prole, le gustaba sacarnos al interior y que, a su manera, tuviéramos contacto con la realidad del país, además de poner marimba en la radio. Recorríamos carreteras, nos bañábamos en pozas de ríos y, por supuesto, veíamos la pobreza de la gente en aldeas y comunidades, escenas que se vendían como turísticas o folklóricas, cuando en realidad eran reflejo de un Estado fracasado que no atendía las necesidades del pueblo.
Eso era allá por los años 60. Mientras escribo, me pregunto: ¿Qué ha cambiado desde entonces?
Aquella Guatemala pintoresca mostraba al indígena trabajador cargando leña, sembrando milpa, cortando café, sudando de sol a sol junto a uno, dos o tres de sus hijos, que no sabían leer ni escribir. Muchos morían en los primeros años de sus vidas por falta de alimentación adecuada, sin atención médica.
La deforestación apenas principiaba, pero ya se cambiaban grandes extensiones de bosque para sembrar algún producto de exportación o simplemente pasto para ganado. La economía nacional entonces, descansaba en las exportaciones de café, algodón y azúcar, productos sobre los que se crearon varias fortunas importantes.
Mientras mi generación crecía, el país cambiaba en su apariencia, pero no en el fondo.
En el orden político, los gobiernos militares se sucedían y en algunos casos se llevaban a cabo grandes obras de infraestructura, necesarias para el desarrollo, pero un desarrollo que nunca alcanzaba a las grandes mayorías. En cierto momento de bachillerato, a inicio de los años 70 en el Liceo Guatemala, recibimos la clase de Problemas socioeconómicos de Guatemala –creo que ese era el nombre– con Héctor Rosada (QEPD). Me gustó el curso, pues trataba de aquella realidad que había visto muchísimas veces en nuestros viajes familiares.
Me casé casi al salir de bachiller y entonces todos los ingredientes para marcar lo que sería mi vida en las siguientes cinco décadas estaban sobre la mesa: necesidad de empleo, tradición familiar periodística, inquietudes de juventud, sensibilidad ante lo que sucedía en el país, y deseo de hacer cosas. No lo sabía entonces, pero por mis venas, además de correr sangre, corría la tinta de los periódicos y, por lo tanto, mi vocación profesional.
Eran años de la guerra interna –ahora le llaman conflicto armado interno–. En la Guatemala de entonces se ponían etiquetas a las personas: oligarcas explotadores o comanches izquierdistas o terroristas. A quienes no gustamos de los extremos, podían vernos con desconfianza unos y otros. Había temor e incertidumbre, aún de quienes nada tenían que ver con aquella confrontación militar e ideológica.
La guerrilla reclamaba por las armas un cambio de estructuras para terminar con la pobreza, marginación y racismo; el Ejército y sus fuerzas paralelas defendían el statu quo. La guerrilla no alcanzó sus objetivos y esa guerra solamente dejó muertos y una sociedad dividida, mientras el país seguía dando tumbos, aunque los gobiernos de turno hablaban, como siempre hacen, de los grandes cambios. Sin embargo, pasaron militares y luego civiles en la presidencia, los almanaques vieron caer sus hojas una tras otra y, en el fondo, la situación era la misma para la mayoría de los guatemaltecos.
Al menos el cambio de militares a civiles trajo al principio un mayor disfrute de libertades, algo que debe valorarse. Pero seguía la pobreza, la marginación, la falta de oportunidades –en buena medida por una educación paupérrima– y, en concepto más amplio, el subdesarrollo.
El terremoto del 4 de febrero de 1976 y la guerra provocaron una primera oleada de guatemaltecos migrando hacia los Estados Unidos, pero apenas era el inicio de una fuga masiva de buenas personas que crecería con el siglo XXI, hasta llegar el momento de la Guatemala de hoy, cuando ese flujo de migrantes es incontenible por el Estado injusto e ineficiente. Es tan grande el flujo de remesas que envían, que se ha transformado en el principal soporte de la economía nacional.
A lo largo del tiempo ha existido–para mí, pero para muchos también– la Guatemala añorada. Una Guatemala en la que la economía crece al mismo tiempo que las oportunidades; una Guatemala en la que todos tenemos los mismos derechos; una Guatemala en la que la educación es de calidad y prepara a la gente para superarse; una Guatemala en la que la salud se vuelve derecho y no sufrimiento; una Guatemala en la que la corrupción y la impunidad son un mal y no algo normal; una Guatemala republicana con independencia de poderes, en la que la justicia se aplica de manera correcta y no es dirigida en contra de los opositores; una Guatemala en la que el respeto entre las personas predomine sobre la confrontación y el miedo desaparezca… y sea una Guatemala próspera y democrática.
Parafraseando a Martin Luther King, sueño con esa Guatemala.
Por ahora es solo un sueño… pero algún día será realidad.
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