Cuando se examina nuestro presente contexto planetario, es válido preguntarse cómo puede la sociedad global asimilar ese devenir de vértigo que no hace sino acelerarse cada vez más. Los cambios son rápidos, pero de amplias repercusiones. Los puntos de referencia no se mantienen dentro del remolino que nos arrastra hacia el fondo. Al final, vemos la catástrofe que ha resultado de tres décadas de un mundo regido por un libre mercado que solo sirvió para legitimar la codicia y el poder.
Muchas sociedades experimentan convulsiones que expresan un descontento que terminará por exigir nuevos cauces institucionales. Una verdad prevalece: si no se cambia el rumbo del mundo, las consecuencias serán devastadoras para las próximas generaciones. En medio del caos, se pueden visualizar reflexiones que con el tiempo podrían permitir la recuperación del bien común.
Ahora bien, cada país debe responder a sus propios problemas sin perder de vista que un sentido de con-vivencia global es cada vez más necesario. En consecuencia, debemos interrogarnos, situándonos en el contexto guatemalteco, qué necesitamos para resolver los problemas que atenazan a nuestra colectividad. Ahora bien, es sintomático que tengamos una aguda conciencia de la crisis y que, sin embargo, resbalemos sin mayor resistencia hacia el abismo autoritario. Frente al desastre electoral, gran parte de la población sostiene que ya todo está arreglado. Esta desesperanza, fruto de una frustración contenida, no puede echar a andar los cambios deseados.
En América Central las dictaduras retornan con energía, ya no de la mano del alucinante Ortega, sino de la mano de Bukele, el dictador más cool del mundo, según su propia caracterización. Sus megacárceles han resuelto, según muchos, el problema de la violencia pandillera en El Salvador, aunque es lícito cuestionarse hasta qué punto podrá encubrirse lo ilusorio de esta nueva versión del manodurismo. Las fotografías que ilustran el éxito de Bukele —salpicados por sus falaces críticas a los derechos humanos que saturan las redes sociales— hacen pensar que nos acercamos a un nuevo avatar tropical de ese fascismo eterno que identificaba Umberto Eco.
El retorno de Centroamérica a la dictadura se da en el contexto de cambios geopolíticos tan acelerados que desafían la compresión. Llama la atención, por ejemplo, la forma en que Estados Unidos enfrenta el escenario de la guerra de Ucrania y la creciente tensión con China por Taiwán, mientras China, sin mayor resistencia, establece su dominio en América Central, el tradicional “patio trasero” del imperio norteamericano. Resulta todavía más difícil que la debilitada nación norteamericana pueda confiar en un gobierno regido por el crimen organizado y que tarde o temprano, bajo la influencia del nazismo y el franquismo criollo, va a seguir el ejemplo salvadoreño.
Sin embargo, uno de los problemas que debemos plantearnos es la naturaleza de las nuevas dictaduras. No se trata tan solo de que China no se caracterice por su opción por los derechos humanos, sino que cierta modalidad de verticalismo está encarnada en sus tradiciones políticas. Después de la pandemia de la Covid-19, los estrictos métodos de control social siguen vigentes. Preocupa, en consecuencia, que esa particular ideología del control vaya a terminar organizando la represión digital dentro del aletargado mundo guatemalteco.
Reconocer este punto no implica favorecer la poco sincera defensa de los derechos humanos que ha permeado la retórica norteamericana. Al final, el caso Snowden también muestra el lado oscuro del control norteamericano. Solo se trata de reconocer el verdadero peligro que representa la tecnología como factor de poder en un mundo en el que la guerra entre los poderes cada vez depende más de la innovación. Las estructuras de control hacen ver que vivimos ya no en la jaula de acero de Weber, sino en una jaula virtual en donde nuestra misma sensación de libertad es ilusoria.