Lo cierto es que el lector acucioso irá oyendo aquí y acullá las voces de los agoreros oficiosos e intelectuales orgánicos del mundo del dinero pidiendo cacao público del fisco para salvar a los bancos.
Cada cierto tiempo en esta era que dícese llamar postmoderna los contribuyentes, con mediación de los políticos, subsidiamos los portafolios bancarios. Ellos, los políticos, siempre están ocupados en otros menesteres, pero cuando el pánico empieza a cundir con corridas bancarias y demás, aparecen los gurús apelando a la calma: Joe Biden en los Estados Unidos, Christine Lagarde del Banco Central Europeo, y ahora el Canciller Olaf Scholz de Alemania, quien se apresuró a defender al alicaído Deutsche Bank, afirmando que las heridas no son de la gravedad del Credit Suisse, que venía cayendo de a poco debido a grandes travesuras. Estamos de vuelta en el crimen financiero, como bien lo comenta con elegancia la columnista española Lucía Mendez de El Mundo. Lo cierto es que los bancos vienen acarreando basura financiera desde hace tiempo, y que no me digan los neoliberales criollos, que todo esto se debe al salvataje social que las sociedades democráticas y civilizadas del globo debieron implementar, primero inventando a velocidades jamás vistas una vacuna anti coronavirus, y luego rehabilitando los sistemas sanitarios, presionados hasta más no poder por los millares de muertes diarias.
Hace un tiempo publiqué una columna titulada “El Deutsche Bank y los Cocos”. Y empezaba comentando lo Interesantes que son las crisis porque permiten ver agujeros negros. Era el 2016, cuando los bancos alemanes salieron con su valija de Euros a prestarle a países ya endeudados como Grecia, magistralmente comentado por el ex Ministro griego de Finanzas Yanis Varoufakis en un buen libro titulado El Minotauro Global, que detalla las picarescas que los caballeros del dinero hacen con el pisto ajeno.
Para ir navegando en la zozobra, el Deutsche hubo de acudir a estrategias poco ortodoxas de capitalización como los “Cocos”, apodo entresacado del sofisticado término anglosajón Contingent Convertible Capital Instruments, que permite capitalizarse con deuda (capital híbrido le llamaron), que los grandes reguladores internacionales permitieron como paquete de salvataje de la crisis 2008-2009, y que dicho sea de paso se intentó aplicar en nuestro medio, afortunadamente sin concretarse.
Lo cierto es que el lector acucioso irá oyendo aquí y acullá las voces de los agoreros oficiosos e intelectuales orgánicos del mundo del dinero (varios de ellos ya jubilados del entorno regulatorio, pero hoy sentados en poltronas académicas o de bancos semiestatales) pidiendo cacao público del fisco para salvar a los bancos. En esto el establishment no se rasga las vestiduras, como si lo hace cuando se trata de ampliar el déficit fiscal para financiar la protección social, los adultos mayores o las políticas de cuidado. Armamento, defensa y banca sí es admitido como “necesario”, mas no lo social bien diseñado e implementado, sin el populismo del momento por cierto.
Ello dio origen a incontables conciliábulos entre sabios economistas de todos los colores para llegar a una conclusión ya entrado el primer lustro del nuevo siglo luego de analizar las interioridades de las cifras del famoso PIB siempre manejado por el Banco de Guatemala, y la meta que se fijó en la recalendarización fue de un 12 por ciento para el año 2002. Cabe aclarar que a partir del citado Acuerdo de Paz se convocó a un Pacto Fiscal, que le puso carne a las normas generales y planteó toda una plataforma de trabajo en temas de gastos e ingresos, lo que poco se ha cumplido durante estas últimas dos décadas.
Quién iba a pensar que luego de más de veinte años de pasadas estas intenciones que iban acompañadas de un programa ambicioso de acciones estatales tendentes a fortalecer la democracia y una sociedad más justa, la ahora tan famosa “carga tributaria” se lograra gracias a la abundancia de remesas, importación y consumismo, a la presencia de precios inflacionarios y también de algo que es de aplaudir que es la modernización digital de la captación de ciertos impuestos que, dicho sea de paso, ya estaba bien recomendada en el Pacto Fiscal y el Acuerdo Marco referido.
Más podríamos abundar sobre este polémico tema pero el espacio de esta columna no da para mucho, pero es fundamental revisar la historia y no dejarse obnubilar por declaraciones ligeras que tienen bastante de ahistórico y buena dosis de demagogia y superficialidad.
En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico o la de su línea editorial.

Édgar Balsells
Investigador del Área Socioeconómica del IPNUSAC. Interesado en la acción colectiva