Nuevas formas de guerra: la cultural

El colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en diciembre del 1991 puso fin a la “guerra fría”, con sus múltiples componentes ideológicos, políticos y económicos. Una guerra entre los dos grandes bloques geopolíticos que se amenazaban con la “destrucción mutua asegurada” (MAD). Sin embargo, estas potencias eran capaces de seguir combatiendo en guerras limitadas a territorios “periféricos” y contra pueblos pobres y atrasados. El “complejo militar-industrial”, denunciado por el presidente Eisenhower en su discurso de despedida en 1961, seguía generando enormes ganancias. 

Los impresionantes avances tecnológicos han transformado radicalmente al mundo. La industria de la “guerra” no podía consentir que sus pingües negocios terminaran. Así, el momento unipolar en que los Estados Unidos quedó como el único hegemón planetario no significó la “paz perpetua” que el filósofo de Königsberg había soñado dos siglos antes, sino que el “complejo militar industrial” hoy integrado con la tecnología de la información (IT) tenía que construir nuevos motivos de intervención en los asuntos internos de todos los países, ahora “periféricos”. Las guerras ya no serían solo de “sangre y hierro”, sino también culturales, de desinformación y noticias falsas, que se transformarían en un enorme poder político y económico para unas pequeñísimas elites transnacionales.

El problema para las elites gobernantes era este: ¿cómo convertir la desinformación generada y masivamente distribuida en poder político efectivo, mensurable en votos electorales y ganancias financieras? Según la psicología freudiana, los seres humanos responden a dos fuertes pulsiones; el temor a la muerte (Thanatos), con sus consiguientes pérdidas, y el apetito insaciable de sobrevivir y reproducirse (Eros). Así considerada la condición humana, había que construir una narración en la que se identificara a “enemigos ideológicos” que hoy amenazan nuestros más caros valores y contra los que debemos luchar sin ceder un ápice de nuestro terreno. La “guerra cultural” actual aprovecha residuos de la todavía reciente “guerra fría anticomunista”, así como los vagos recuerdos históricos de las luchas del Occidente cristiano contra el islam. 

Se trata de una perversa, pero exitosa estrategia, que busca moldear las percepciones, valores y creencias del público objetivo, y avanzar en los propósitos políticos y militares del grupo agresor. Esta forma de guerra se lleva a cabo a través de los medios de comunicación, las redes sociales y la propaganda, y tiene como meta difundir una narrativa que favorezca los intereses del provocador y desacredite los de sus adversarios. La batalla cultural incluye el uso de técnicas de desinformación, la manipulación de la opinión pública y la creación de terroríficas narrativas que afectarán personalmente, de no actuar decisivamente y sumarse a la batalla. En esta guerra cultural todos somos reclutas; nadie puede ser neutral y quedarse fuera. 

El objetivo aparente de la misma parece ser promover la democracia liberal y los derechos humanos, mientras el fin verdadero de la confrontación parece ser en realidad promover un sistema autoritario y una ideología extremista, que sirven bien a los intereses políticos, económicos y financieros de quienes impulsan y profundizan la batalla actual. Se trata, sin duda, de una renovada Kulturkampf, estrechamente ligada con las tradicionales guerras de “sangre y hierro” impulsadas por el poderoso complejo militar industrial desenmascarado por Eisenhower hace 62 años.     

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Author: Maria Suarez